La Raza en el diván cinematográfico de Freud
La Raza en el diván cinematográfico de Freud
Preparando una
conferencia con motivo de la celebración del nacimiento de Sigmund Freud este 6
de mayo, quise que comentar alguna película en la que apareciera el padre del
psicoanálisis. Al revisitar filmes clásicos como Freud: pasiones
secretas de John Huston (1962), y algunos más contemporáneos como Un
método peligroso de David Cronenberg (2011), noté las diversas
formas de retratar un tema fundamental en la dramatización de su biografía: el
colonialismo y el racismo, en la forma de antisemitismo. Ya sea como telón de
fondo durante su exilio en Londres — La última sesión de Freud
(2023) de Matt Brown — o en su infancia y juventud — El joven doctor
Freud (1976) de Axel Corti —, su condición como miembro de una
minoría razicada[1]
aparece, ya sea latente o manifiesta, como parte de su historia y, por extensión,
la del psicoanálisis.
El racismo que
sufrieron Freud, el psicoanálisis y los primeros psicoanalistas no es un tema
nuevo ni poco explorado. Sin embargo, consideramos que, en la época actual
—caracterizada por la reaparición abierta de discursos racistas y de supremacismo
que llegan a celebrar el fascismo, amplificados por las redes sociodigitales—,
resulta pertinente recuperar lo que Daniel Gaztambide denomina la "historia
popular del psicoanálisis"[2].
Se trata de una historia del psicoanálisis que nace desde la exclusión, con
profundas raíces en la búsqueda de la justicia social y que, en ocasiones, se
ha visto diluida mediante una asimilación colonial, ya sea por supervivencia o
por conveniencia.
La propuesta del
presente también se relaciona con la unidad de aprendizaje que desde hace
tiempo imparto a estudiantes de psicología llamada “Psicoanálisis, poder y
subjetividad” donde se entabla un diálogo entre autores como Foucault, Butler,
Boudieu y Freud, Lacan, entre otros autores, con el objetivo de analizar los
efectos psíquicos de las relaciones de poder. Además, nuestra aportación a este
tema y a la recuperación de la memoria histórica sobre la relación entre Freud,
el psicoanálisis y el racismo es a partir del diálogo entre la clínica
psicoanalítica y el tratamiento estético que los cineastas realizan de dicho
tema. Como señala el primer estudio sobre cine y psicoanálisis realizado por
Otto Rank en 1914, el cine tiene la virtud de permitir a los artistas crear
imágenes y situaciones que hagan más comprensibles ciertos conceptos y temas de
interés para el psicoanálisis. [3]
De esta forma,
a partir de la relación íntima entre cine y psicoanálisis, y en diálogo con
autores que analizan la raza desde esta disciplina, proponemos una revisión de
escenas de películas que abordan diversas épocas en la vida y obra de Freud.
Señalamos especialmente cómo su condición de pertenecer a una minoría migrante
y racizada es elaborada y afecta la creación de eso que Yosef Hayim Yerushalmi
llama el "judaísmo sin Dios"[4]
que es el psicoanálisis. En este contexto, la ausencia de Dios no representa un
mero rechazo de lo místico, sino más bien un rechazo a todo esencialismo o
"cultura de un pueblo" —ya sea judío o de cualquier otra identidad—.
Se trata, en cambio, de partir de la condición de cuerpos discriminados y
segregados, lo que lleva al psicoanálisis a una "opción preferencial por
lo reprimido"[5],
lo oprimido y marginal.
Antes de “apagar
las luces y que empiece la función", queremos resaltar la importancia y
vigencia del pensamiento freudiano en nuestros tiempos, a 170 años del
nacimiento de Freud. Para ello, recuperamos lo expuesto en su artículo Las
resistencias contra el psicoanálisis (1925). Las resistencias
analizadas entonces resuenan con versiones actuales de rechazo al
psicoanálisis, tanto desde el ámbito médico-psiquiátrico como desde el
filosófico-cultural. El primero lo considera "un sistema
especulativo" por carecer de un origen biológico mecanicista en sus
investigaciones; el segundo le reprocha que sus conceptos básicos —aún en
desarrollo— carecen de claridad y precisión. Otra de las resistencias, Freud la
atribuye a la "hipocresía cultural", especialmente en lo relativo a
la sexualidad. Lo interesante es que dichas resistencias pueden observarse
nuevamente en nuestros días, obviamente con matices diversos, pero manteniendo
aquello que el psicoanálisis tiene de revolucionario: su capacidad de
cuestionar los ámbitos biológico, filosófico y cultural.
Sin embargo,
al final del artículo, Freud resalta una última resistencia que da pie a nuestro
estudio:
“… quizá su propia personalidad
(la de Freud mismo), como judío que no quiso ocultar su judaísmo, tuvo algo que
ver en la antipatía de los contemporáneos hacia el psicoanálisis. Rara vez se
expresó en alta voz un argumento de este tipo, pero por desdicha nos hemos
vuelto tan recelosos que no podemos dejar de conjeturar que esa circunstancia
no ha sido del todo ajena. Y, por otro lado, acaso no fue mera casualidad que
el primer sostenedor del psicoanálisis fuera un judío. Para abrazarlo hacía
falta cierta aquiescencia frente al destino de encontrarse aislado en la
oposición, un destino más familiar al judío que a los demás.”[6]
La cita
anterior abre una pregunta pertinente para el ejercicio del psicoanálisis: este
estaría obligado a dar lugar a lo exiliado, oprimido y reprimido, tanto en el
ámbito psíquico como en el económico, ideológico o político. Recordamos aquí la
propuesta de Thamy Ayouch, que orienta y da nombre a nuestro ensayo: "lo
psíquico es político". Por ello, es necesario poner "la Raza en el
diván".
Nuestro
material de análisis serán cuatro películas que abordan distintos momentos de
la vida de Sigmund Freud. Comenzaremos con la clásica cinta de John
Huston, Freud: pasiones secretas, en la que, de forma
conservadora, se omite el racismo vivido por el propio Freud como judío
migrante que llega a Viena y se confronta con el establishment de la aristocrática
jerarquía médica austriaca. Allí, el énfasis suele ponerse en la recepción de
su nueva teoría revolucionaria sobre la sexualidad o en la hipnosis de Charcot.
Sin embargo, al rescatar elementos biográficos, podemos observar que dicha
hostilidad también encuentra un posible trasfondo en el carácter racista
colonial de ese entorno médico. Además, en la dramatización del momento que da
inicio el camino al autoanálisis de Freud —que culminará con La
interpretación de los sueños (1900)— encontramos ese padecer secreto del
migrante Freud. Profundizaremos dicho momento crítico —específicamente la
muerte de su padre, Jacob Freud, que ocasionan la emergencia de síntomas
histéricos, melancolía y pesadillas—, con pasajes biográficos retratados en
otras películas.
De ahí
iremos a ver El joven doctor Freud de Axel Corti,
película que recupera la vivencia en la que Jacob Freud es agredido por
gentiles cristianos que arrojan su sombrero al lodo. Las múltiples versiones
cinematográficas de este episodio transforman el relato, mezclándolo con la
idea del viaje en tren, el síntoma histérico de Freud respecto a viajar y, más
allá de lo meramente edípico, la temática de la migración y el desplazamiento
forzado por su condición de minoría. Corti resalta esta conexión a través de la
figura del tren en dos momentos clave: primero, en 1939, cuando Freud,
perseguido por el nazismo, debe tomar el tren para exiliarse a Londres; y
segundo, años atrás, cuando la familia Freud emigra de Freiberg (Moravia) a
Viena debido a las restricciones racistas que impedían la prosperidad del
negocio de Jacob. Aunque Viena le ofreció a Freud un desarrollo académico y
profesional —a costa de una asimilación de la mirada colonial—, la persecución
del psicoanálisis como "ciencia judía" se mantuvo latente.
Desde allí,
nos sumergiremos en Un método peligroso de David Cronenberg,
para concentrarnos en una de las aristas de ese triángulo amoroso-intelectual
entre los analistas Sabina Spielrein, Carl Jung y Sigmund Freud. En las escenas
que abordan la relación entre Jung y Freud, se evidencia el acoso que sufre
Freud y el psicoanálisis por su condición judía. Cuando esta cuestión se hace
explícita, Freud reprocha a su querido joven colega sus comentarios
"profundamente protestantes", una frase que anticipa la disolución de
su amistad y que Freud pagará con otro desmayo. Freud reprochará a Sabina
Spielrein algo que nos habla de su propio drama: haber depositado sus
esperanzas de ser aceptado por el amor a un "bello ario", lo que nos
permitirá abordar la alienación y el blanqueamiento de Freud.
Finalmente,
llegaremos a La última sesión de Freud, una película que
recupera elementos biográficos, pero los transforma en una ficción que plantea
un "qué hubiera pasado si" C. S. Lewis, creador de Las
crónicas de Narnia, se hubiera encontrado con Freud en Londres, justo antes
de la muerte de este durante el estallido de la Segunda Guerra Mundial. La
discusión central gira en torno a “la cuestión de Dios”, pero subyace
claramente que ambos personajes son dos extranjeros afectados por la
persecución racial justo en un Londres en medio de una guerra cuyo centro es el
exterminio por motivos racistas y coloniales, sostenido en porvenir de la
ilusión de la superioridad aria. Esto nos permitirá releer la reacción de Freud
hacia la religión no tanto desde la lógica de la ciencia contra la religión,
sino como una respuesta ante la religión como ilusión que sirve como
justificante ideológico de la persecución colonial. La ilusión de un
"porvenir" no se refiere entonces a una postura teológica en
particular, sino a la ideología fascista de la que él mismo fue víctima, y que
culminará con un cuestionamiento de la figura del padre fundador —tanto Freud
del psicoanálisis como Moisés de la religión monoteísta—. En esta última
revisión del Edipo, Freud cuestiona el ideal del padre fundador, lo que podría
abrir la puerta a una técnica psicoanalítica decolonial.
(Freud: The Secret Passion. Huston. 1962).
Freud y su
padecer secreto
Comenzamos
nuestro recorrido con la película que se ha convertido en un clásico en cuanto
a films biográficos sobre Freud. Nos referimos a Freud: pasiones
secretas de John Huston (1962), cuya intención fue presentar al psicoanálisis
al gran público desde el aparato de Hollywood. La cinta muestra los inicios del
psicoanálisis y a Freud no solo como un científico, sino como un personaje
trágico que luchaba contra prejuicios institucionales y sus propios demonios
internos. Sin embargo, el precio que se pagó en el filme es similar a lo que le
ocurrió a Freud en la divulgación del psicoanálisis: despolitizar la historia y
la clínica psicoanalítica. Como menciona Gaztambide: “manteniendo su
política de izquierda separada de su pensamiento clínico a instancias de sus
discípulos angloamericanos más conservadores”.
“Ernest Jones,
por ejemplo, advirtió a Freud: ‘En sus opiniones políticas privadas puede ser
bolchevique [un partido político de extrema izquierda], pero no ayudaría a la
difusión del [psicoanálisis] si lo anunciara’ (Freud & Jones, 1926/1993, p.
592). Aunque Freud bifurcó lo clínico y lo político para ‘proteger’ al
psicoanálisis de ser ridiculizado como socialista y judío, este libro deshace
esa represión para reconectar la historia política del psicoanálisis con su
técnica clínica.”[7]
Así como la
intención del texto de Gaztambide y su “técnica psicoanalítica descolonial”,
nuestra aportación —mediante un “psicoanálisis a la luz del cine”— también
busca reconectar esos enlaces reprimidos entre clínica y política. Otro ejemplo
de lo anterior son los comentarios de Alenka Zupančič acerca de la película de
Huston:
"En
Freud: The Secret Passion…, hay una escena sorprendente que muestra a Freud en
el momento en el que está presentando su teoría de la sexualidad infantil ante
una enorme audiencia de académicos. La audiencia escandalizada, desaprueba
intensa y explícitamente la breve presentación y constantemente interrumpe la
exposición con gritos. Varios de los hombres se salen del auditorio a modo de
protesta y escupen en el suelo al lado de Freud. Momentos más tarde, el
moderador dice: Caballeros, ¡no estamos en un mitin político!... Este
comentario señala la sorprendente coincidencia entre la política y la teoría
freudiana de la sexualidad. Cada vez que se retoma la cuestión de la
sexualidad, se decide algo del orden de lo político… la política se refiere a
lo que puede articularse alrededor de ciertos antagonismos sociales
fundamentales… “Lo sexual es político” no en el sentido de que la sexualidad es
una esfera del ser donde las luchas políticas también suceden, sino en el
sentido de políticas de emancipación verdaderas que pueden concebirse en la
base de una “ontología desorientada del objeto” …, es decir, como una ontología
que no discute el ser en tanto ser sino la grieta (crack) (lo real, el
antagonismo) que persigue e informa al ser desde dentro.” [8]
Así como la
sexualidad que menciona Zupancic, la raza y el colonialismo está presente en la
historia del psicoanálisis y en la película de Huston esta presente, aunque de
forma latente. Escuchar la raza en el diván, resulta un ejercicio de
historización de este. Como menciona Thamy Ayouch de quien tomamos el título de
nuestro escrito:
“Plantearse
qué es lo que la raza le provoca al psicoanálisis implica desarrollar una
comprensión política de lo psíquico, historizarlo y contextualizarlo. Lo que le
interesa principalmente al psicoanálisis es la manera en que el psiquismo, al
igual que el dispositivo analítico, participan de relaciones inscritas en modos
de ejercicio del poder. La raza, pero también el género, la clase, la
sexualidad y la validez, le recuerdan al analista hasta qué punto su práctica
es política: estas categorías permiten concebir un sujeto del inconsciente
inseparable del espacio de la Polis y de sus configuraciones de poder… Pues el
psicoanálisis suele volverse muy normativo cuando se aferra a una ignorancia
reivindicada… La raza le invita, pues, al psicoanálisis a examinar las
condiciones políticas, económicas y culturales de su práctica, así como los
fundamentos filosóficos y epistemológicos de su corpus teórico.[9]
En lugar de cerrar
los ojos ante la raza, prestemos atención a lo que tienen que mostrar los
artistas en la elaboración estética que hace de los inicios del psicoanálisis.
Con tal motivo, la escena que seleccionamos para iniciar este recorrido ocurre
a mitad de la película. Freud (Montgomery Clift), junto con Breuer (Larry
Parks), empiezan a preguntarse por los motivos psíquicos de la histeria, más
allá de considerar a las histéricas —como hace el establishment vienés
representado por Meynert (Eric Portman)— como simuladoras. Atendiendo a la
paciente de Breuer, Cecily (Susannah York) —una condensación cinematográfica de
Anna O., otras pacientes de Estudios sobre la histeria y
libertades artísticas que transforman la cura por la palabra en una especie de
thriller por recuperar la memoria—, Freud recibe la noticia de la gravedad de
su padre, quien finalmente muere. Yendo de camino al cementerio, a sus puertas
Freud se desmaya. Posteriormente tiene una pesadilla que relata a Breuer:
Freud: Estaba
en mitad de un sueño. “Los ojos se cerrarán”. ¿Qué significa?... Los sueños
tienen un significado… para el soñante. Para sí mismo, sobre sí mismo. Pero
hablan en clave. ¿Y si los sueños fueran ideas que escapan de la represión disfrazándose?
Todos estaban de luto. Todos menos yo. Estaba en mangas de camisa en el
entierro de mi padre. ¿Por qué no estaba de luto? Lo amaba. ¿O no? El sueño
dice que no.
Breuer:
Deja de torturarte, Freud. Tu padre murió feliz. Lo honraste, fuiste un buen
hijo.
Freud:
No es lo que decía la señal. “los ojos se cerrarán”. ¿Los ojos de quién? ¿Los
de mi padre? Estaba junto a su cama. Yo se los cerré. ¿Los míos? Todos en la
estación caminaban con los ojos cerrados. Los míos, estaban abiertos. Muy
abiertos. Por eso… por eso no podía entrar por la puerta del cementerio. Ahora
entiendo…. Recuerdas el dicho “los hijos cerrarán los ojos a los pecados del
padre”. Violé la ley. ¿A qué pecado suyo no podría cerra los ojos? Breuer,
llévame de nuevo al cementerio.
Freud y Breuer
van al cementerio, pero Freud se detiene antes de entrar.
Freud: Está
sucediendo. Mis piernas no me sostienen. No puedo… ¿Por qué? ¿Por qué cuando me
doy la vuelta vuelvo a sentirme bien? Meynert tenía razón. Sí. Soy un
neurótico, son síntomas de histeria… ¿Qué terror oculto me impide ponerme junto
a la tumba de mi padre y amenaza mi amor por él?
Breuer:
¿Qué pudo haber hecho el buen hombre?
Freud:
(ya en el carruaje) Una vez, de niño, estaba con él en la calle y unos rufianes
le llamaron “sucio judío” y le tiraron el sombrero. Y lo único que hizo fue recogerlo y seguir
andando. Le vi menos como a un Dios y más como a un hombre, pero no lo odié por
su debilidad. El recuerdo debe de remontarse a más atrás. ¿Es posible que la
neurosis puede empezar en la infancia? Eso situaría el evento traumático antes
del despertar sexual.
Esta
secuencia nos muestra aspectos que son relatados por el propio Freud tanto en
conversaciones privadas —en las cartas a su amigo y confidente Fliess— como en
lo que compartió públicamente en La interpretación de los sueños.
Así como revela la frase "Soy un neurótico, son síntomas de
histeria", le debemos a sus síntomas, agravados tras la muerte de su
padre, la indagación de Freud que culminaría con el texto fundacional del
psicoanálisis. Por lo tanto, resulta significativo que, más que el desmayo —que
es una licencia dramática ya que los desmayos que sufrió fueron más en la época
de su relación con Jung, que abordaremos más delante de la mano de Cronenberg –
se resalta el impacto de la muerte de Jacob en estados corporales (migrañas,
problemas gastrointestinales) y anímicos (estados melancólicos) pero
manteniendo como inicial objeto de estudio la pesadilla de “cerrar los ojos”
que así relata Freud:
“Viena, 2. nov.
1896 … Tengo que contarte un gustoso sueño de la noche que siguió al entierro.
Estaba en un local y leía ahí un cartel:
SE RUEGA
CERRAR LOS OJOS
Al local lo
reconocí enseguida como la peluquería que visito diariamente. El día del
sepelio tuve que esperar algo ahí y por eso llegué un poco tarde a la casa del
duelo. Mi familia se mostró entonces descontenta conmigo por haber yo dispuesto
que los “funerales” fuesen discretos y sencillos, lo cual luego se reconoció
muy atinado. También me echaron un poco en cara el retraso. La frase del cartel
es de doble sentido y quiere decir, en ambas direcciones: «Uno tiene que
cumplir con su deber hacia el muerto». (Una disculpa, como si yo no lo hubiera
hecho y necesitara indulgencia -y el deber tomado literalmente.) El sueño es
entonces un resultado de aquella inclinación al autorreproche que regularmente
se instala en los sobrevivientes.” [10]
Freud
reconoce el sueño siendo de autoreproche, propio de la melancolía. En su texto
dedicado al autoanálisis de Freud, Anzieu menciona:
“El cartel se
presenta como los que indican PROHIBIDO FUMAR en las estaciones ferroviarias.
Prohibido fumar, si no se desea gastar prematuramente el corazón y morir joven:
alusión al episodio de abril de 1894 y a la prohibición que desde entonces
Fliess no dejó de reiterar. Sala de espera de una estación, alusión a la otra
angustia de Freud, su fobia ferroviaria… Fue necesario este duelo para que
Freud sintiera remontarse desde su infancia más remota un sentimiento oculto de
culpabilidad respecto de su padre.”[11]
Resulta
llamativo que la forma del anuncio lo remita a la estación de trenes, más que
al local como lo relata Freud, de tal forma que la representación del sueño en
la película reintroduce el tren que parte, cerrar los ojos y el funeral en la
especie de corona mortuoria que acompaña a la locomotora. Este sueño de
autorreproche, correspondería a los del "sentimiento oculto de
culpabilidad hacia el padre" —un sueño que cumple con los "sueños de
muerte de seres queridos" analizados en La interpretación de los
sueños— condensando dos temores de Freud: los viajes en tren y la angustia
ante la muerte por fumar.
La forma como
la película retrata los síntomas y la condensación que hace junto con la
pesadilla reproducen el autorreproche[12]
por un “sentimiento oculto de culpabilidad respecto de su padre”. La
película lo retrata dramáticamente cuando Freud le dice a Breuer: "¿Por
qué no estaba de luto? Lo amaba. ¿O no? El sueño dice que no". Lo que
sabemos es que el análisis de dicho sueño “produjo un efecto liberador”[13]
en Freud, lo que le permitió salir de la inhibición intelectual y pudo terminar
de escribir su libro inaugural.
Freud menciona
el recuerdo que constituye la primera asociación en la escena de la película de
Huston, cuando se pregunta: "¿Qué terror oculto… amenaza mi amor por
él?". Se trata de la escena del gentil que humilla a su padre. En la
película, Freud inmediatamente lo descarta y busca otro recuerdo más ligado a
un origen sexual, lo que culminará en la trama edípica del odio al padre por
haberlo privado de la madre, prueba de la sexualidad.
Aunque
consideramos que dicha interpretación es parte de la teoría —como el propio
Freud la desarrollará en su obra—, nos parece importante recuperar ese otro “padecer
secreto” en el recuerdo infantil sobre el antisemitismo. Permitámonos,
entonces, jugar con la ficción de la película y, como en sesión, pedirle a
Freud que no descarte su primera asociación al tema, tal como dicta la técnica.
Ese recuerdo aparece también en La interpretación de los sueños,
ligado especialmente a los viajes en tren y a la discriminación sufrida durante
toda su juventud. Al reconocerlo, Freud logró conquistar una posición subjetiva
añorada: la conquista de Roma y el reconociendo institucional. Pero para tal logro,
tuvo que explorar más su infancia y juventud, que revisaremos con la siguiente
película.
(Der junge Freud.
Corti. 1977)
Freud y su vivencia infantil
Vayamos ahora
a la película para la TV de Axel Corti “El joven Dr. Freud”,
que, como su nombre indica, sigue la juventud de Freud hasta llegar a la
publicación de Estudios sobre la histeria y el comienzo de su
amistad con Fliess. Lo que distinguimos de esta película es la forma como empieza
uniendo una etapa final y otra temprana de la vida de Freud: comienza con un
Freud exiliado que huye en tren hacia Londres debido a la persecución nazi, y luego
hace un flashback a su infancia recién llegando de Freiberg. Todo esto se
intercala con escenas en las que Freud (Karlheinz Hackl) habla directamente a
la cámara mientras es interrogado por un Entrevistador (Georg Stefan Troller,
quien también escribió el guion), que lo invita a reflexionar, desde la
conciencia del presente, sobre su vida y su obra, en una especie de sesión
analítica, siendo el filme que más directamente pondrá la raza en el diván.
Después de
mostrar el viaje en el tren de la persecución nazi, la película exhibe
fotografías de Freud que van del más viejo hasta cuando era niño, para llegar a
1860, cuando Freud, de 4 años, llega en tren de Freiberg a Viena. En ese
momento, el Narrador le pregunta al Freud adulto, que presencia la escena de la
llegada de su familia:
Entrevistador: Señor
Freud, ¿Se ha sentido como en casa en Viena?
Freud: Cuando
llegué a viejo, probablemente sí. Nosotros veníamos del campo. Pero Viena…
Viena siempre me inspiró terrores durante toda mi vida. Llegué a estar tan
cómodo como un campo de batalla. Sintiéndome como si siempre estuvieras rodeado
de extraños. No, no solo extraños, sino seres desconocidos. Para sobrevivir,
tienes que saber reconocerlos.
La película
nos muestra posteriormente un recuerdo de Freud sobre Freiberg. Aquí, el filme
se permite varias libertades artísticas al atribuirle a Freud dicho recuerdo,
pero es consistente con lo que se sabe históricamente de la situación de los
judíos en esa época. Vemos el racismo sistemático en la burocracia que afectaba
a los judíos, así como el racismo a ras de calle por parte de los cristianos y
gentiles que se topan Freud y su padre, en una dramatización de la escena
"Bájate de la acera, sucio judío", mencionada anteriormente. Al
presenciar la escena, Freud adulto reanuda su conversación con el Narrador:
Freud:
Yo nunca dejé que eso me pasara sin defenderme.
Narrador:
¿El judaísmo juega un papel importante en su vida?
Freud:
No tanto el aspecto como religión, sino como el ser percibido como alguien
diferente. Ser obligado a la oposición desde el principio, tener que luchar por
ello.
Esta
película es la que más claramente resalta la discriminación hacia el joven
Freud como migrante judío en una Viena que oscilaba entre el liberalismo en las
aristocracias y el racismo feroz en las clases medias y bajas.[14]
Como
menciona Daniel Gaztambide en su libro “La historia popular del
Psicoanálisis: De Freud a la psicología de la liberación”:
“Freud, como
otros judíos liberales de la década de 1860, alcanzó la mayoría de edad en un
tiempo de gran esperanza por los derechos civiles y la igualdad… El programa
social del emperador Francisco José había “ganado muchos corazones al
garantizar la igualdad de derechos para las minorías” (Makari, 2008, p. 138),
una esperanza que colapsó tras el krach bursátil de 1873 (Geller, 2007). La
ansiedad económica y la percepción de los judíos como “intrusos” que pasaban de
la periferia al centro de la sociedad condujeron a un auge del antisemitismo
reaccionario, lo que llevó a la elección del socialista cristiano Karl Lueger.
En las décadas de 1860 y 1870 Freud crecería en un mundo de contradicciones,
donde una mayor libertad y movilidad coexistían con un persistente temor a la
violencia.”[15]
La
juventud de Freud y el gestante psicoanálisis transcurren entre estos dos
mundos: el del racismo y la promesa de movilidad vía la academia, lo que
resulta en una tensión en la identidad judía de Freud. Por un lado, se siente
orgulloso de su herencia y de la historia de resistencia frente a sus enemigos;
por el otro, desdeña la religión y lo místico como hijo de la Ilustración. Por
lo anterior, resulta de nuestro interés lo que la película aporta en las
escenas comentadas, ya que aparece la escena del gentil que tumba el sombrero a
Jacob Freud —que aparecerá en tres de las cuatro películas que comentaremos—
pero de nuevo se presenta diferente a como es relatada por el propio Freud.
Antes de
llegar a ese recuerdo de violencia racista, Freud comparte en La
interpretación de los sueños que llega a ese recuerdo después de una
serie de sueños relacionados con la “ciudad eterna”: Roma. En el apartado B, "Lo
infantil como fuente de los sueños", del capítulo V ("El material
y las fuentes del sueño") de La interpretación de los sueños,
Freud comparte una serie de sueños que le mostraban la fuerza de los
"recuerdos infantiles arraigados en lo profundo". Con tal motivo,
presenta varios sueños en los que evita llegar a Roma. En el primero, alcanza a
ver el centro de Roma desde la ventanilla del tren, pero el tren se mueve y se
da cuenta de que "no he puesto el pie en la ciudad" (p. 206). En un
segundo, alguien lo lleva cerca y le enseña Roma a lo lejos. En un tercero, ya
está en Roma, donde encuentra a un señor Zucker "y me resuelvo a
preguntarle por el camino para la ciudad". Una serie de asociaciones lo
llevan a recordar "dos anécdotas judías": la de un judío pobre al que
bajan constantemente del tren y que finalmente responde, ante la pregunta de
adónde viaja: "Si mi constitución lo permite, a Karlsbad"; y otra
sobre otro judío en París al que le juegan una broma para burlarse de su
acento, lo que le recuerda a Freud la conquista de otra ciudad añorada,
"la ciudad luz", donde conoció a Charcot. Finalmente, en un cuarto
sueño dice: "Veo ante mí una esquina y me asombra que hayan fijado allí
tantos carteles en alemán", sueño que asocia con su época de estudiante,
donde esperaba que "en Praga se tolerase más al idioma alemán". Esto
último lo llevó al pensamiento: «No puede decidirse quién hubo de pasear más
febrilmente arriba y abajo por su cuarto después de haber hecho el plan de
marchar hacia Roma, si Aníbal o el profesor (arqueólogo) Winckelmann». Acto
seguido, Freud comparte que Aníbal fue su héroe preferido de niño, cuando
"empecé a comprender las consecuencias de pertenecer al linaje de una raza
ajena al país".
“Aníbal y Roma
simbolizaban… la oposición entre la tenacidad del judaísmo y la organización de
la Iglesia Católica… Así, el deseo de llegar a Roma devino, para la vida
onírica, la cubierta y el símbolo de muchos otros deseos ardientemente
anhelados, en cuya realización querríamos laborar con el empeño y la dedicación
de los cartagineses y cuyo cumplimiento, entretanto, parecía tan poco
favorecido por el destino como el deseo absorbente de Aníbal de entrar en Roma.
Y sólo ahora
tropiezo con aquella vivencia de niño que todavía hoy exterioriza su poder
en todos estos sentimientos y sueños. Tendría yo diez o doce años cuando mi
padre empezó a llevarme consigo en sus paseos y a revelarme en pláticas sus
opiniones sobre las cosas de este mundo. Así me contó cierta vez, para
mostrarme cuánto mejores eran los tiempos que me tocaba a mí vivir, que no los
de él: «Siendo yo muchacho, me paseaba por las calles del pueblo donde tú
naciste, un sábado; llevaba un lindo traje con un gorro de pieles nuevo sobre
la cabeza. Vino entonces un cristiano y de un golpe me quitó el gorro y lo
arrojó al barro exclamando: "¡judío, bájate de la acera!"». «¿Y tú
qué hiciste?». «Me bajé a la calle y recogí el gorro», fue la resignada respuesta.
Esto no me pareció heroico de parte del hombre grande que me llevaba a mí,
pequeño, de la mano. Contrapuse a esa situación, que no me contentaba, otra que
respondía mejor a mis sentimientos: la escena en que el padre de Aníbal hace
jurar a su hijo ante el altar doméstico que se vengará de los romanos. Desde
entonces tuvo Aníbal un lugar en mis fantasías…
Cuanto más
ahondamos en el análisis de los sueños, con tanto mayor frecuencia nos ponemos
sobre la huella de vivencias infantiles que desempeñan un papel, como fuentes
del sueño, en el contenido latente de este.””[16]
Como
se puede apreciar, Freud llega a este recuerdo de un evento que le sucede a su
padre en su juventud, el cual sirve como contraste con la época más liberal que
le tocaba a Freud hacia 1866. Freud admite que dicho recuerdo todavía le afecta
("exterioriza su poder"), especialmente si tomamos en cuenta que está
pasando por el duelo por la muerte de su padre y la culpa por sentimientos
incómodos hacia él; en la melancolía, los autorreproches se elaboran
cuando se hacen conscientes los reproches que, en el fondo, iban dirigidos al
muerto, permitiendo así, el trabajo de duelo. No iremos tan lejos como Marthe
Robert señalando que el deseo, presente en lo sueños de Freud, era el de “negar
al padre judío responsable de los defectos, la pobreza y la condición humillada
de su hijo”[17]. Sin
embargo, este recuerdo permite acceder a esas "huellas de vivencias
infantiles", que en el caso de Freud tienen relación con el racismo y, a
través de los sueños donde quiere ir a Roma y no llega, con la identificación
con Aníbal Barca, el gran enemigo de Roma.
Consideramos
es que podemos ver los efectos del trauma de lo infantil racial en Freud,
además de revelar una ambivalencia con respecto a la blanquitud europea: por un
lado, añora las ciudades insignes —París, Roma— y, por el otro, reconoce la
persecución racista de esos mundos. Así como existe una ambivalencia con
respecto a su padre —que puede analizar y que le permite conquistar Roma, no
sin antes conquistar La interpretación de los sueños—, esta
ambivalencia, propia de la asimilación colonial, estará presente en Freud en
otros momentos de su vida.
Como menciona
Ayouch de quien tomamos su propuesta de lo racial-infantil:
En vez del
sólo sexual–infantil, propongo la noción de lo racial–infantil. El primero
suele ser considerado como búsqueda de un plus de placer que no puede reducirse
a la satisfacción de una función vital. El segundo podría definirse, en régimen
de jerarquía de poblaciones, como búsqueda de sobrevivencia en una relación
colectiva y subjetiva de subordinación, impuesta por una naturalización de los
cuerpos o de las culturas. Más que sólo el placer–displacer constitutivo de lo
sexual infantil, lo racial–infantil tiene que ver con sobrevivencia: la
necesidad de adaptarse a un mundo violento de abuso y exclusión de los/as
racizados/as a lo largo de la historia.[18]
Esa necesidad
de adaptación tocará a Freud en lo corporal al incorporar los ideales
coloniales. Para ver sus efectos, tendremos que adentrarnos en caminos más
peligrosos.
(A Dangerous Method.
Cronenberg. 2011)
Freud y el método en peligro
Continuemos
nuestro recorrido cinematográfico por la vida de Freud, ahora en su etapa
adulta, mientras buscaba consolidar el psicoanálisis. Nos referimos a los
eventos retratados en la película de David Cronenberg Un método
peligroso que, en palabras de su director, aborda el ménage à
trois, el triángulo amoroso intelectual entre un maduro Sigmund Freud
(Viggo Mortensen), un joven Carl Jung (Michael Fassbender) y su también joven paciente
que devendrá psicoanalista, Sabina Spielrein (Keira Knightley).
Muchas de las
críticas y comentarios sobre la película se concentran en el romance
clandestino entre Jung y Spielrein. Si bien dicho romance tiene sustento
histórico y la cinta logra resaltar lo complejo de la relación entre ellos,
poco se destaca sobre los otros 2 lados del mencionado triángulo: la relación
de Freud con Jung y Freud con Spielrein. La relación de Freud con estos otros
personajes es de nuestro especial interés si ponemos la raza en el diván, ya
que tanto el profesor como la joven paciente/analista son judíos y ambos se
relacionan intensamente con el seductor joven ario.
Nuestra
primera escena por comentar tiene lugar durante la famosa conversación de 13
horas en el primer encuentro personal entre Freud y Jung en febrero de 1907 en
Viena. Después de conocer a la familia de Freud, ambos están en el Café Sperl,
donde se da el siguiente diálogo:
Freud:
No creo que tenga idea de la verdadera fuerza y profundidad de la oposición a
nuestro trabajo. Está, por supuesto, todo el establecimiento médico, aullando
por enviar a Freud a la hoguera; pero eso no es nada comparado con lo que
ocurre cuando nuestras ideas empiezan a filtrarse, en la forma distorsionada en
que llegan al público: las negaciones, el frenesí, la rabia incoherente.
Jung:
¿Pero no podría deberse eso a tu insistencia en la interpretación
exclusivamente sexual del material clínico?
Freud:
Lo único que hago es señalar lo que la experiencia me indica que debe ser la
verdad… Y le aseguro que dentro de cien años nuestro trabajo seguirá siendo
rechazado. Colón, ya sabe, no tenía idea de qué país había descubierto; como
él, yo estoy a oscuras: lo único que sé es que he puesto pie en la orilla y el
país existe.
Jung:
Yo lo pienso más como Galileo: y en sus oponentes como aquellos que lo
condenaron, negándose siquiera a mirar por su telescopio.
Freud:
En cualquier caso, yo simplemente he abierto una puerta: corresponde a los
jóvenes, como usted, atravesarla.
Jung:
Estoy seguro de que aún tienes muchas más puertas que abrir para nosotros.
Freud:
Por supuesto, está la dificultad añadida, más munición para nuestros enemigos,
de que todos nosotros aquí en Viena, en nuestro círculo psicoanalítico, somos
judíos.
Jung:
No veo qué diferencia hace eso.
(Freud lo mira: Jung lo observa inocentemente, con el
bigote cubierto de crema blanca).
Freud:
Eso, si se me permite decirlo, es un comentario exquisitamente protestante.
El final de
esta escena retrata la importancia del racismo en el inicio y la consolidación
del psicoanálisis, un aspecto claramente identificado por Freud e ingenuamente
ignorado por Jung. El comentario de Jung: “No veo qué diferencia hace eso (que
sean judíos)”, revela esa “inocencia”, colorblind, donde todavía tiene
la “leche del privilegio blanco en los labios”.
Posteriormente
Jung le cuenta a Freud un sueño sobre un caballo elevado por unos cables que
luego se cae, es frenado por un tronco y finalmente detenido por un jinete y un
carruaje. Ambos interpretan que el caballo representa a Jung, y los obstáculos
(el jinete y el carruaje) simbolizan el embarazo de su esposa y el posterior
nacimiento de su hija, como circunstancias que frenan sus ambiciones
profesionales. Freud comenta que eso era de esperarse, ya que además traerá
problemas económicos. Jung responde con tranquilidad que eso no es un problema,
pues “afortunadamente” su esposa es extremadamente rica. Freud solo atina a
lanzar un comentario juguetón: “Vaya, eso sí es afortunado”.
La forma en
que Cronenberg retrata este encuentro entre Freud y Jung da cuenta de dos
aspectos. Por un lado, la fascinación mutua: Jung admira y adula a Freud
constantemente (“Yo lo pienso más como Galileo”), y Freud está encantado
con este joven colega, lo que muestra una afinidad entre ambos pensadores. Pero
al mismo tiempo, se evidencia una diferencia en sus condiciones de vida: Jung
vive en el privilegio de ser un ario acaudalado, hijo de un pastor, que no
padece las desventajas de pertenecer a una minoría social como el caso su
maestro. Freud reconoce esa diferencia, y quizá precisamente por eso se siente
fascinado con ese que nombrará su “príncipe heredero”.
Después de
esta escena, vemos a Jung de regreso en Suiza, platicando con Spielrein y
sintiéndose inquieto por su fascinación hacia Freud, mientras desprecia
abiertamente a todos los seguidores freudianos. Esto nos recuerda lo que Freud
llega a comentarle a Abraham, y que da cuenta de esta doble relación: por un
lado, Freud admira a Jung; por otro, reconoce el racismo latente en él.
“Como escribió
en cierta ocasión Freud a Abraham:
Por favor, sea
usted tolerante y no olvide que en realidad para usted es más fácil que para
Jung seguir mis ideas, porque en primer lugar usted es completamente
independiente y, además, usted está más próximo a mi constitución intelectual a
causa del parentesco racial, mientras que él, como cristiano e hijo de pastor
que es, encuentra grandes resistencias internas en su camino hacia mí. Por esa
razón, su asociación con nosotros es tanto más valiosa. Casi diría que su
aparición en escena fue lo que permitió al psicoanálisis escapar al peligro de
convertirse en una cuestión nacional judía… Abrigo la sospecha de que el
antisemitismo contenido de los suizos, que hace una excepción conmigo, se
desvía con mayor fuerza hacia ustedes. Pero creo que nosotros los judíos, si
deseamos participar, debemos desarrollar un poco de masoquismo, estar
dispuestos a sufrir algún agravio.”[19]
Insistimos
en subrayar los dos aspectos de la relación con Jung ya que muestran los
efectos psíquicos y sociales de la asimilación colonial. Como señala Ayouch:
“El sujeto
racizado se encuentra así atrapado en una alternativa de la que siempre sale
perdedor. Si opta por llevar a cabo la asimilación, está negando la historia
de la diferencia que le ha tocado encarnar: un legado que, incluso en
ausencia de racismo directamente psicológico o ideológico, sigue arrastrando.
Si pretende revelar los efectos siempre actuales de esta diferencia, las
desigualdades y discriminaciones a las que se le expone, se le acusa de ser
“identitarista” o “comunitarista”.” [20]
(Resaltado nuestro)
De
esta forma Freud no solo busca por fines prácticos negar la diferencia racial
del origen del psicoanálisis para ser reconocida de forma universal, sino que
se revela algo de la asimilación colonial ya vivida anteriormente por Freud al
aspirar ser el gran hombre de ciencia desde la perspectiva liberal europea,
añorando los clásicos grecorromanos y compartiendo la perspectiva de separar a
la gran cultura europea de la inferior cultura primitiva; perspectiva reforzada
por la forma de entender la antropología y la mitología por Jung.
Además,
consideramos que lo que aporta la visión de Cronenberg a este momento en la
creación del psicoanálisis son las escenas posteriores a la ruptura entre
Spielrein y Jung. Tras esa separación, Spielrein acude a Freud, ahora iniciando
como psicoanalista cuya tesis de 1912, La destrucción como origen del
devenir, despierta el interés de Freud. Tanto es así que Freud la incluye
en una nota de Más allá del principio de placer en la que propone
el concepto de la pulsión de muerte[21].
En
la reunión entre Speilrein y Freud en 1912, posterior a cuestionarle sobre la
inclusión de Jesucristo en al final de su tesis, se toca el tema de la ahora
eminente ruptura entre Freud y Jung.
Spielrein:
¿Está usted en contra de cualquier tipo de dimensión religiosa en nuestro
campo?
Freud:
En general, no me importa si un hombre cree en Rama, Marx o Afrodita, mientras
lo mantenga fuera del consultorio.
Spielrein:
¿Es eso lo que está en el fondo de su disputa con el Dr. Jung?
Freud:
No tengo ninguna disputa con el Dr. Jung. Simplemente me equivoqué con él.
Pensé que iba a ser capaz de llevar nuestro trabajo adelante, después de que yo
ya no estuviera; no contaba con todo ese misticismo de segunda categoría y ese
chamanismo ensimismado. No me di cuenta de que podía ser tan brutal y
moralista…
Spielrein:
Bueno, estoy de acuerdo con usted.
Freud:
He notado que en las áreas cruciales de disputa entre el Dr. Jung y yo, tiende
a favorecerme.
Spielrein:
Pensé que no tenía disputa con él.
Freud: (Sonríe,
reconociendo que lo han atrapado. Luego frunce el ceño). Todavía lo ama,
¿verdad?
Spielrein:
No es por eso que defiendo su causa. Solo siento que, si ustedes dos no
encuentran una manera de coexistir, eso retrasará el progreso del
psicoanálisis, quizá indefinidamente. ¿No hay manera de evitar una ruptura?
Freud:
Se mantendrán, por supuesto, relaciones científicas correctas. Lo veré en la
reunión editorial en Múnich en noviembre y seré perfectamente civil. Para
decirte la verdad, lo que lo acabó para mí fue todo ese asunto contigo, las
mentiras, el comportamiento despiadado. Me quedé muy sorprendido. Por usted.
Spielrein:
Creo que me amaba.
Freud:
Me temo que su idea de una unión mística con un Sigfrido rubio estaba
inevitablemente condenada. No ponga su confianza en los arios. Somos judíos,
querida señorita Spielrein; y judíos siempre lo seremos.
Resaltamos
primero el elemento gracioso donde Freud tiene que reconocer la disputa con
Jung, una más complicada que la ya resuelta entre Spielrein y Jung. Cuando
Spielrein —fiel a su apellido— juega limpio y reconoce que sintió que Jung la
amaba, Freud le advierte algo que parece más un recordatorio para sí mismo: la
"unión mística con el Sigfrido rubio estaba condenada". Es bien
conocido el atractivo seductor de Jung, no solo con las mujeres. Freud le
reconoce la capacidad de que, cuando habla, la gente le "abre sus
corazones", a diferencia de él, que siente que los aleja[22].
Si escuchamos
a la raza en el diván, podemos localizar los problemas de la asimilación
colonial. Para que Freud y el psicoanálisis sean aceptados, necesitan asimilarse
por la cultura aria. Ya lo había vivido antes en la universidad: Freud tuvo que
hacer concesiones que a la fecha afectan la clínica del psicoanálisis. Suponemos
que dentro de las estrategias de Freud para lograr el reconocimiento en la
Universidad con el título de Professor (profesor extraordinarius) que le había
sido negado en varias ocasiones, un de ellas fue incluir los referentes en
sexualidad de Richard von Krafft-Ebing y su Psychopathia sexualis,
como el término "perversión" o "aberraciones sexuales", en
su libro Tres ensayos de teoría sexual; o remitirse a los conceptos
coloniales de Le Bon cuando escribe Psicología de las masas y análisis del
yo.
Retomamos de
nuevo lo que dice Ayouch al respecto:
Lo “primitivo”
se refiere así a paradas y retrocesos en el desarrollo libidinal, resultando en
la patologización de toda organización psíquica diferente (“perversión”), de
prácticas sexuales no heterocéntricas, o de “primitivos” contemporáneos
racizados: lo primitivo vuelve por regresiones o fijaciones. Hay que señalar,
sin embargo, que Freud deconstruyó la división psiquiátrica clásica entre
normal y patológico con respecto a los efectos del inconsciente, a los síntomas
y a las prácticas sexuales. Si, por ejemplo, retomó el término de “perversión”
fue subvirtiéndolo: la sexualidad no tiene objeto ni finalidad “normal”, ya
que, según Freud, el objeto de la pulsión permanece perpetuamente
intercambiable, y lo sexual–infantil, fundamento del inconsciente, es
enteramente “perverso polimorfo”. Sin embargo, subsiste el riesgo de una
lectura medicalizada y patologizante, que produce exclusiones de género, de
sexualidad, y también de raza: el “perverso”, o el sujeto colonizado,
“primitivo”, es considerado como recaída, anomalía, fijación y/o regresión a
estadios anteriores del desarrollo psíquico, indexado con el desarrollo de la
cultura occidental.[23]
De esta forma,
la asimilación no es solo una estrategia de supervivencia, sino la
internalización de cierto cuerpo e ideal. La siguiente escena es de una ruptura
definitiva en el bromance entre Jung y Freud. Después de
discutir sobre las razones de Amenhotep IV (Akenatón) para retirar el nombre de
su padre de los monumentos —Freud interpretándolo como una rivalidad edípica y
Jung viéndolo solo como parte de la tradición— aparece el verdadero reclamo
amoroso (transferencial): Jung no cita el nombre del maestro en sus ensayos, lo
que ya era una constante en la “amabilidad” de Jung a Freud, así como lapsus
que señaló el maestro. Ante el desconocimiento de Jung, Freud se desmaya y, al
estar en brazos de Jung, solo alcanza a decir: "Qué dulce debe ser
morir". Después vemos la ruptura definitiva vía epistolar: Jung
reclama la neurosis de Freud de tratar a sus amigos como pacientes[24],
y la respuesta de Freud niega tal acción y reprocha a Jung lo sospechoso de
declararse normal y que “nosotros, los psicoanalistas, estamos de acuerdo en
que nadie debe avergonzarse de su porción de neurosis”[25].
El tratamiento
cinematográfico de Cronenberg resalta lo peligroso del método cuando se aborda
lo reprimido, el cuerpo y los vínculos transferenciales. En nuestro recorrido,
esto también lo encontramos en los cuerpos racizados por el colonialismo, que,
al querer ser reconocidos en ese mundo, establecen una transferencia erótica
con ese cuerpo que hace ver lo racializado desde la condescendencia colonial.
Mucho se ha
discutido sobre el racismo de Jung. La película retrata una versión que
consideramos adecuada: por un lado, Jung es una persona culta y brillante, no
muestra odio ni asco por los judíos, incluso se relaciona eróticamente con
chicas judías y tiene visiones que lo atormentan sobre la ola de sangre que se
aproxima en Europa. Pero, por el otro, la parte mística, las ambiciones de
éxito en EE. UU. y, sobre todo, la ignorancia o inocencia sobre el tema racial
dan cuenta de un dotado intelectual ambicioso, bien intencionado, pero envuelto
en el privilegio blanco, que desconoce los antagonismos estructurales y los
considera esencialismos arquetípicos.
Históricamente,
sabemos el final de los implicados en el ménage à trois. Spielrein
es perseguida por la Rusia de Stalin y finalmente asesinada por los nazis, no
sin antes introducir el psicoanálisis en Rusia, con una perspectiva
emancipadora en materia de sexualidad infantil y educación. Freud muere en el
exilio por la persecución nazi. Y Jung se hace cargo de la Sociedad
Psicoanalítica durante el nazismo, auxiliando de forma secreta a emigrar a
judíos y triunfando posteriormente en EE. UU.
(Freud’s Last Session.
Brown. 2023)
Freud y su última sesión
Llegamos ahora
al más reciente encuentro cinematográfico con el padre del psicoanálisis
en La última sesión de Freud de Matt Brown, película basada en
la obra de teatro homónima de Mark St. Germain, que a su vez parte del
libro "La cuestión de Dios: C.S. Lewis y Sigmund Freud debaten
sobre Dios, el amor, el sexo y el significado de la vida" (The Question of
God), escrito por Armand Nicholi en 2002. Si bien recupera eventos
biográficos e históricos, se trata de la adaptación más libremente retrata los
eventos en la vida de Freud, al ser un ejercicio desde la ficción que muestra
un posible —pero no comprobable y nunca registrado— encuentro entre Freud y C.
S. Lewis, mundialmente conocido por ser el creador de Las crónicas de
Narnia, en un Londres del 3 de septiembre de 1939 a dos días después del
estallido de la Segunda Guerra Mundial.
Aunque el tema
que supuestamente reuniría a Freud y Lewis sería la discusión sobre la
“cuestión de Dios”, en el contexto del exilio de Freud por la persecución nazi,
lo religioso se revela pronto como un objeto de intersección de otros temas: la
sexualidad, lo racial, la guerra y lo político, presentes en ambos
interlocutores. Esto resulta especialmente evidente en el caso de Freud, pues
C. S. Lewis termina asemejándose más al “contradictor” que el propio Freud
inventó para su análisis de la religión “cristiana y blanca” en su texto de
1927 El porvenir de una ilusión. Lewis actúa así a la manera de
un Ha Satán para Dios en el libro de Job, convirtiendo este
experimento mental cinematográfico en una suerte de sesión psicoanalítica donde
podemos localizar, también, la raza en el diván.
La portación
de la película a la raza en el diván, lo vemos desde los créditos iniciales antes
del título. Estamos dentro de la casa de Freud en Londres y recorremos las
distintas figuras de la colección de antigüedades —objetos de múltiples dioses de
diversas culturas— mientras escuchamos de fondo la radio. De pronto, esta
sintoniza el discurso de Hitler del 30 de enero de 1939: "Hoy
quiero volver a ser profeta: si los judíos financieros internacionales dentro y
fuera de Europa logran hundir a las naciones una vez más en un mundo de guerra,
el resultado no será la bolchevización de la tierra y, por tanto, la victoria
de los judíos, sino la aniquilación de la raza judía en Europa". Freud
se levanta del diván y dice a su hija Anna: "Medicus
animarum". Ella traduce: "El doctor vive".
Estamos ante
los últimos días de Freud y nos preguntamos por su legado: uno que,
simultáneamente, como señala Gaztambide, reprodujo discursos coloniales y, al
mismo tiempo, nos brindó herramientas para cuestionarlos y desmontarlos[26].
De ahí, en lo que vive del doctor, es necesario reconectar lo clínico y lo
político y en esta ultima sesión, la conferencia de Hitler se cuela entre las
antigüedades de Freud, siendo el racismo la principal ilusión que opera en ese
momento y del cuál Hitler es su profeta, y, al elegir los cineastas ese
fragmento de la conferencia del Führer, el racismo se revela como íntimamente
ligado a lo religioso.
La película
gira, como la obra de teatro en la conversación entre Lewis y Freud, que al
encontrarse mencionan:
Lewis:
Tiene usted una casa encantadora.
Freud:
Sí. Mi hija, Anna, ha hecho lo posible por replicar nuestro hogar en Viena.
Usted tampoco es nativo de este país. ¿Estoy en lo cierto?
Lewis:
Nací en Belfast, pero he estado aquí desde que me enviaron a un internado a los
trece años.
Freud: (Su
irlandés siempre prevalecerá) Todos intentamos con tanto empeño dejar atrás
nuestro pasado. Nuestra infancia. Pero nunca nos dejarán. Ni tampoco las penas
del mundo… (una pausa) Este nunca será mi hogar.
De entrada,
antes del tema religioso aparece el tema de la persecución y el pasado presente
en este exilio especialmente para este Freud que se encuentra mermado
físicamente por el cáncer, a 20 días de su muerte. Tanto su pasado como las penas del mundo
tocan a Freud.
Más adelante
habla de lo que hizo que finalmente aceptara dejar Viena, que la Gestapo se
llevara a su hija Anna detenida que conecta con una recuerdo infantil con su
nana:
Freud:
Cuando ella fue liberada, soborné a todos los necesarios para salir del país de
inmediato. Me hizo falta una tragedia familiar… Desperté cuando de repente
reconocí el rostro de la bestia. El monstruo.
Lewis:
La historia está llena de monstruos.
Freud:
Y todos viven felices y contentos dentro de todos y cada uno de nosotros… pero
es muy tarde, porque hemos elegido vivir nuestra preciosa vidas en el humo
sofocante de la quema de los libros y las brasas humeantes de nuestro odio. No
hay escapatoria de la bestia, amigo, porque nuestra certeza moral es la bestia…
Somos el apocalipsis.
Freud (voz
en off): Me crio una estricta niñera católica que me arrastraba a la
iglesia cada domingo.
Ilsa:
Debes rezar por tu padre para que pueda ir al cielo.
Jakob:
¡No existe el cielo!
Ilsa:
¡Para ti no lo hay!
Jakob:
¡VETE! ¡AHORA!
(Ella se da
vuelta y se marcha. Jacob agarra a su hijo por el brazo.)
Jacob:
¡NO RECES POR MÍ! ¡NUNCA! ¡SIGMUND! ¿ME OYES?
Resaltamos la
frase, que no aparece en el guion original, “No hay escapatoria de la
bestia, amigo, porque nuestra certeza moral es la bestia”. ¿Qué implica esa
“certeza moral”? y ¿Cómo se relaciona con la raza en el diván? Nos recuerda a
lo analizado por Freud en el citado texto “El porvenir de una ilusión”
que comúnmente se asocia solamente al tema de la religión, aunque nuestra
lectura es similar a la de Gaztambide que reconoce que la crítica a la
religión, “contiene en su interior una crítica al capitalismo racial”, por lo
que esa “certeza moral” es la religión blanca y cristiana[27].
Sin embargo, si vamos al texto,
reconocemos las diversas formas de ilusión a las que refiere:
“Una ilusión no es lo mismo que un error; tampoco es
necesariamente un error… Puede calificarse de ilusión la tesis de ciertos nacionalistas,
para quienes los indogermanos serían la única raza apta para la cultura,
así como la creencia —sólo destruida por el psicoanálisis— de que el niño
carecería de sexualidad. Lo característico de la ilusión es que siempre
deriva de deseos humanos… Por lo tanto, llamamos ilusión a una creencia
cuando en su motivación esfuerza sobre todo el cumplimiento de deseo; y en
esto prescindimos de su nexo con la realidad efectiva, tal como la ilusión
misma renuncia a sus testimonios”. [28]
Más adelante,
Freud nos brinda más ejemplo de ilusiones:
“Después de
haber discernido las doctrinas religiosas como ilusiones, se nos plantea otra
pregunta: ¿No serán de parecida naturaleza otros patrimonios culturales que
tenemos en alta estima y por los cuales regimos nuestra vida? ¿No deberán
llamarse también ilusiones las premisas que regulan nuestras normas estatales?
¿Una serie de ilusiones eróticas no enturbiará en nuestra cultura las
relaciones entre los sexos?”[29]
La relación
entre el término "ilusión" y el concepto de ideología ha sido fuente
de debate. Nos concentraremos en lo relacionado con nuestro objeto de estudio:
la raza en el diván. Además de la religión —específicamente la blanca y
cristiana—, otro ejemplo de ilusión es la idea de los nazis que remite la
cultura exclusivamente a los arios, es decir, el supremacismo blanco del
colonialismo. Sin embargo, el resto de los ejemplos que señala Freud también
indicarían su vínculo con el racismo: la negación de la sexualidad infantil,
los patrimonios culturales y las normas estatales (¿sistemas de gobierno?
¿modelo económico?), así como la relación entre los sexos. La política, la
economía, lo heteronormado, lo patriarcal, lo sexual infantil y lo racial
infantil se entrelazan con lo religioso como sistemas de poder de los
privilegiados sobre los oprimidos, sistemas que hacen que estos últimos se
identifiquen con sus propios dominadores. La “certeza moral” que es “la bestia”
en el nazismo de Hitler [30]
requiere que dichos ideales tengan que ser puestos al “sillón de la
transformación” que es el diván, para localizar ya sea el papel de la ideología
o la fantasía (como la Fantasía Racista que habla Todd McGowan) como sostén y
efecto del capitalismo colonial.
Vayamos a una
última escena para ir terminando la función:
Lewis: ¿Y si Dios quisiera
perfeccionarnos a través del sufrimiento? Hacernos comprender que la verdadera
felicidad, la felicidad eterna, solo puede venir de Él. Si el placer es su
susurro, el dolor es su megáfono.
Freud: Estoy seguro de que
Hitler, el pequeño monaguillo que servía en la iglesia cada domingo, estaría de
acuerdo contigo. Pero yo no puedo. (con desdén) Hablamos lenguajes distintos.
Tú crees en la revelación. Yo creo en la ciencia, en la autoridad de la razón.
No hay terreno común.
Se habla desde
dos "lenguajes distintos" porque se está en dos posiciones distintas,
porque los cuerpos son colocados en lugares diferentes por el colonialismo y
sus ideales. Al igual que con Jung, Freud se enfrenta al dilema de la
asimilación, pero desencantado por esa falsa promesa: por más que quiera ser
parte de ese mundo, se encuentra en el momento crítico de la persecución como racizado.
Sabemos que, aun así, muchos judíos pudieron asimilarse totalmente en el
exilio. Sin embargo, para muchos, al llegar a países como México, la sorpresa
fue que ellos eran ubicados en la posición de blancos europeos. Y que, con el
pacto sionista con las potencias imperiales —primero el Reino Unido y luego
Estados Unidos de América—, actualmente reproducen el asedio colonial contra
otros pueblos.
Retomamos lo
señalado por Gaztambide en el texto de Freud evidenciando la función que no
solo la religión sino el racismo juega para justificar “el dolor como megáfono
de Dios”:
Para manejar
las tensiones de clase, se necesitan compensaciones sustitutivas, como proveer
comparaciones con otras culturas: “cada cultura se arroga el derecho
menospreciara las otras” (Freud, 1927, p. 13). El racismo facilita un placer
transversal de clase que también la clase trabajadora puede disfrutar, “en la
medida en el derecho a despreciar a los extranjeros los resarce de los
prejuicios, que sufren dentro de su propio círculo” (p. 13). Freud utiliza la
misma metáfora que Marx al discutir el racismo: “Se es, sí, un plebeyo
miserable, agobiado por las deudas y el servicio militar; pero, a cambio, se es
un romano que participa en la tarea de sojuzgar (dominar) a otras naciones y
dictarle sus leyes” (p. 13). El racismo, así, facilita una identificación entre
los explotados y la élite gobernante, “a pesar de su hostilidad hacia los
señores, (pueden) verlos como su ideal” (p. 13).
Freud (1927)
recurre a la religión como el ejemplo por excelencia de las ilusiones que la
sociedad ofrece para compensar las privaciones de su clase trabajadora.
Centrándose en la “civilización cristiana blanca” (no suaviza sus palabras),
argumenta que la religión autoritaria intenta “compensarlos por los
sufrimientos y privaciones que una vida civilizada… les ha impuesto” (p. 18). A
cambio del sufrimiento en la tierra, la clase trabajadora es recompensada con
“subir” al Cielo. El poder de la religión opresiva proviene de esta
compensación, un deseo de “vida eterna” dentro de un mundo capitalista racial
que drena la vida. Junto con la religión, la raza desempeña un papel poderoso
para Freud (1921, p. 101), sirviendo como un placer compensatorio para los blancos,
extraído de las privaciones infligidas al otro —entre ellos judíos y personas
negras.[31]
Para terminar,
resaltemos lo que faltó en la última sesión de Freud: si el tema era la
religión en tiempos de los nazis, habría que hacer referencia al texto que
Freud acababa de escribir en 1938, Moisés y la religión monoteísta,
el cual era, como le mencionó a Arnold Zweig, una respuesta a “la candente
actualidad de las persecuciones antisemitas”. En dicho texto, Freud se pregunta
por el origen de esa persecución contra los judíos y busca respuestas en la
historia del judaísmo, lo que lo lleva inevitablemente a la figura del padre
fundador: Moisés.
Yosef Yerushalmi
reconoció en este paso del judaísmo al universalismo una respuesta al mandato
paterno: ve en la escritura del Moisés... un intento de brindar una respuesta a
la cuestión de la identidad judía, a la vez elegida y maldita, y proponer un
judaísmo renovado estrechamente vinculado al psicoanálisis. Freud trataba de
responder al requerimiento de estudiar la Torá que le hizo su padre en la
dedicatoria de la Biblia familiar recibida al cumplir los treinta y cinco años.
Como judío ateo, aunque conocedor del Tanaj, Freud fundó, sostiene Yerushalmi,
un tipo particular de judaísmo no religioso que cuestionaba los textos, rompía
con la tradición y creaba una nueva historia… Si seguimos la hipótesis de
Yerushalmi, Freud, al hacer del psicoanálisis un judaísmo sin dios, le dio la
vuelta al estigma de ser asignado/a como judío/a por el socius. Se trataba de
una resistencia política a la alterización por raza, que convirtió el judaísmo
rechazado en un lugar de creación.[32]
El clímax y la
solución de La última sesión de Freud tal vez nos apunten al
planteamiento que Freud, con respecto a la raza, encontramos en Moisés
y la religión monoteísta. Después de confrontarse con el problema de haber
sido el analista de su propia hija y con el apego generado en ella, el profesor
es ahora enfrentado al tema de la muerte: no solo la física, sino también la
muerte como fundador y padre, al aceptar la relación romántica de su Anna con
Dorothy Burlingham. El paralelo con su análisis de Moisés implica un
cuestionamiento del padre y fundador que va más allá de la simple culpa. Al
reidentificar al fundador como la condensación de un alto dignatario egipcio y
un sacerdote semita, Freud retira la imagen del padre y la filiación se
convierte en una identificación con el lugar de lo perseguido, no tanto como
nación o como pueblo.
Lo que me ataba
al judaísmo no era ni la fe ni el orgullo nacional… Pero restaban sobradas
cosas que volvían irresistible la atracción del judaismo y de los judíos,
muchos poderes de oscuro sentimiento, tanto más imperiosos cuanto menos
admitían ser capturados con palabras, así como la clara conciencia de la
identidad íntima, de la familiaridad en una misma construcción anímica… Porque era
judío me hallaba libre de muchos prejuicios que limitaban a los otros en el uso
de su intelecto, y como judío estaba preparado para pasar a la oposición y
renunciar a la aquiescencia de la «compacta mayoría».[33]
Lo anterior
pertenece a la conferencia que Freud dictó en 1926 ante la Sociedad judía B'nai
B'rith, a la cual perteneció desde 1897, brindándole su apoyo y haciendo
comunidad. Sin embargo, este texto nos sirve para recordar una posible técnica
psicoanalítica decolonial: una que reconoce la historia y los efectos de la
colonización y el imperialismo que imponen como objetivo la pertenencia a una
compacta mayoría; que cuestiona los prejuicios impuestos desde el racismo, pero
que también rechaza los esencialismos identitarios. Ello porque el
psicoanálisis tiene una opción preferencial por los reprimidos, y nos recuerda
—en palabras del psicoanalista Adam Phillips en su participación en el
documental Outsider. Freud [34](Yair
Qedar, 2025): "Lo que el psicoanálisis intenta revelar es que todos somos
extranjeros".
[1]
Utilizamos el término Racizado desde la propuesta de Thamy Ayouch:
“Utilizaré aquí la diferencia que existe en francés entre racizado/a (racisé/e)
y racializado/a (racialisé/e) … La racización es sólo un aspecto
de los procesos de racialización: se refiere a la producción de
una asignación de dominación. La racización es una racialización negativa
e inferior. Mientras que la racialización afecta a todo el mundo, la
racización sólo concierne a las personas no blancas. Las personas consideradas
blancas son racializadas, pero no racizadas. Cabe preguntarse, pues, qué
significa crecer como racizado/a en un país autoproclamado blanco, y qué
efectos tiene la racialidad en los procesos de identificación de los sujetos.”
Ayouch, Thamy. (2025) La
raza en el diván: Lo psíquico es político. Editorial Topía. Edición de Kindle. (pp.
21-22).
[2] Gaztambide, D. J. (2019). A
people’s history of psychoanalysis: From Freud to liberation psychology. Lexington
Books.
[3]
“Quizá resulte que la cinematografía, que en muchos sentidos nos recuerda el
trabajo de los sueños, pueda también expresar algunos hechos y relaciones
psicológicos –que a menudo el escritor es incapaz de describir con claridad
verbal -, con imágenes tan claras y patentes, que faciliten nuestra comprensión
de ellos. La película llama tanto nuestra atención, cuanto que hemos aprendido,
en estudios similares, que muchas veces un tratamiento moderno consigue
re-aproximarse, de manera intuitiva, al significado real de un antiguo tema que
se ha vuelto ininteligible, o que se ha entendido mal en su paso por la
tradición”.
Rank, O. (1976). El doble: Un estudio
psicoanalítico (F. Mazzia, Trad.). Ediciones Orión. (Obra original
publicada en 1914).
[4]
Yosef Hayim Yerushalmi, Le Moïse de Freud…, op. cit., p 186. 17 Sigmund Freud, A. Zweig,
Correspondance 1927–1939, París. Citado en Ayouch, Thamy. La raza en el diván. Op
Cit.
[5] Daniel Gaztambide M.A., Psy.D.
(2015) A Preferential Option for the Repressed: Psychoanalysis Through the
Eyes of Liberation Theology, Psychoanalytic Dialogues, 25:6, 700-713, DOI:
10.1080/10481885.2015.1097281
[6] Freud,
S. (1925). Las resistencias contra el psicoanálisis. En Obras completas
de Sigmund Freud (Vol. XIX, p. 235).
Buenos Aires: Amorrortu Editores.
[7]
Gaztambide, Daniel José. (2024)
Decolonizing Psychoanalytic Technique: Putting Freud on Fanon's Couch
(English Edition) (p. 31). Springer International Publishing.
[8]
Zupančič, Alenka (2021). ¿Qué es el sexo? México: Paradiso Editores.
(Págs. 52-57)
[9] Ayouch,
Thamy. (2025) La raza en el diván: Lo psíquico es político. Editorial
Topía. (pp. 22-23).
[10]
Freud. (1985) Cartas a Wilhelm Fliess (1887-1904) Amorrortu editores.
Pág. 214-215.
[11] Anzieu, D. (1978). El
autoanálisis de Freud y el descubrimiento del psicoanálisis. Siglo XXI
Editores. págs. 201-202
[12]
El autorreproche es el rasgo distintivo de la melancolía a diferencia del duelo
como elaborará en Duelo y melancolía (1917 [1915]), lo que lo llevará al
concepto Superyó.
[13]
“El duelo provoca en Freud un intenso trabajo psíquico. El sueño sobre Irma
a le había hecho tomar nota de sus sentimientos de culpa sin explicárselos. El
sueño "Se ruega cerrar los ojos" lo tornó consciente de que tales
sentimientos se refieren a su padre. Esta toma de conciencia produjo un efecto
liberador. Durante más o menos seis meses, no se quejó más de cansancio, de
humor depresivo, de bloqueo intelectual. Se hallaba sin embargo ocupadísimo:
atendía a muchos clientes; escribía, y emprendió una gran obra sobre las
neurosis.” Anzieu. Op. Cit. Pág. 205
[14]
Gomberoff Jodorkovsky, L. (1986). Freud y el judaísmo. Revista de
Psiquiatría, 3(3), 33-47.
[15] Gaztambide,
D. J. (2019). A
people’s history of psychoanalysis: From Freud to liberation psychology. Bloomsbury Academic. Pág.
18.
[16] Freud,
S. (1991). La interpretación de los sueños (I). (J. L. Etcheverry,
Trad.). Amorrortu Editores. (Obra original publicada en 1900). Pág. 211-212.
[17] Marthe
Robert, D’Œdipe à Moïse. Freud et la conscience juive, París,
Calmann–Lévy, 1974; citado en Ayouch. Op. Cit. (p. 85)
[18]
Ayouch. Op. Cit. (p. 262-263).
[19] Letters of Freud and
Abraham, p. 341. Citado en Roazen, P.
(1978). Freud y sus discípulos. Alianza Editorial. (Obra original
publicada en 1971). Págs. 256.
[20]
Ayouch, T. Op Cit. (p. 154).
[21] “…
podría haber también un masoquismo primario, cosa que en aquel lugar quise
poner en entredicho. (N. Sabina Spielrein, en un trabajo sustancioso y rico en
ideas (1912), aunque por desdicha no del todo comprensible para mí, ha
anticipado un buen fragmento de esta especulación.)”
Freud, S. (1976). Más allá del principio de placer.
En Obras completas de Sigmund Freud (Vol. 18, p. 53). Amorrortu Editores.
(Trabajo original publicado en 1920)
[22]
“… siempre me ha parecido que algo en mi persona, en mis palabras e ideas
rechaza a los demás, como si de algo extraño a ellos se tratase, mientras que
para usted permanecen abiertos los corazones. Si usted, en tanto que sano, se
incluye en el tipo histérico, he de asumir para mí el tipo «obsesivo», cada uno
de cuyos participantes vive como en un mundo cerrado en sí mismo.” Carta de
Freud a Jung del 2 de septiembre de 1907. Correspondencia Sigmund Freud y
Carl Gustav Jung. (2012) Editorial Trotta. Pág. 115.
[23] Ayouch,
Thamy. (2025) La raza en el diván: Lo psíquico es político (pp.
117-118). Editorial Topía.
[24] La versión de cine dice: “Jung
(voz en off): Si me permite decirlo, querido Profesor, comete el error de
tratar a sus amigos como pacientes. Esto le permite reducirlos al nivel de
niños, de modo que su única opción es convertirse en obsequiosos don nadies o
en matones que imponen la línea del partido… mientras usted se sienta en la
cima de la montaña, la figura paterna infalible; y nadie se atreve a tirarle de
la barba y decirle: piense en su comportamiento y luego decida cuál de nosotros
es el neurótico. Hablo como amigo.” La anterior resulta una condensación de
la carta de Jung a Freud del 18 de diciembre de 1912, donde además Jung
reclama: “Mire usted, mi querido señor profesor, mientras actúe usted de
este modo me importan un bledo mis actos sintomáticos, pues no suponen nada
junto a la considerable viga que tiene mi hermano Freud en el ojo. No soy en
absoluto neurótico, gracias a Dios. Me he hecho analizar precisamente lege
artis y tout humblement, lo cual me ha sentado muy bien. Ya sabe usted hasta
qué punto puede llegar un paciente con autoanálisis, es decir: no sale de su
neurosis, como usted.” Op. Cit. Pág. 545.
[25] Correspondencia Sigmund Freud y
Carl Gustav Jung. (2012) Editorial Trotta. Pág. 549. La versión de cine
dice: “Freud (voz en off): Su carta no puede ser respondida. Su
afirmación de que trato a mis amigos como pacientes es evidentemente falsa. En
cuanto a cuál de nosotros es el neurótico, pensé que los analistas estábamos de
acuerdo en que un poco de neurosis no es en absoluto motivo de vergüenza… Pero
un hombre como tú, que se comporta de manera bastante anormal y luego se planta
gritando a voz en cuello lo normal que es, sí da motivos considerables de
preocupación. Desde hace tiempo nuestra relación pende de un hilo; y un hilo,
además, compuesto en su mayor parte de decepciones pasadas. No tenemos nada que
perder si lo cortamos.”.
[26]
“Esta historia presenta una contradicción con la que este libro lidiará:
cómo el psicoanálisis ofrece herramientas importantes para pensar la psique y
la sociedad y, al mismo tiempo, fue utilizado para sostener la injusticia. Por
ejemplo, Freud criticó las normas patriarcales y reprodujo guiones sexistas
(Mitchell, 2000). Ofreció un relato fascinante sobre la raza y la clase y
reprodujo creencias racistas y coloniales (Brickman, 2017). Su deseo de estatus
lo llevó con frecuencia a revertir sus ideas más revolucionarias cuando
chocaban con las ideologías de su época (Aron & Starr, 2013), manteniendo
su política de izquierda separada de su pensamiento clínico a instancias de sus
discípulos angloamericanos más conservadores… Aunque Freud bifurcó lo clínico y
lo político para “proteger” al psicoanálisis de ser ridiculizado como
socialista y judío, este libro deshace esa represión para reconectar la
historia política del psicoanálisis con su técnica clínica.” Gaztambide, Daniel José. (2024) Decolonizing
Psychoanalytic Technique: Putting Freud on Fanon's Couch. Springer
International Publishing. (p. 31)
[27]
“Mucho después la piadosa Norteamérica demanda ser «God's own country» {«la
patria de Dios»}, y ello es en efecto así, respecto de una de las formas bajo
las cuales los hombres veneran a la divinidad. Las representaciones religiosas
resumidas en el párrafo anterior han recorrido, desde luego, un largo trayecto
de desarrollo; diversas culturas las sostuvieron en fases diferentes. He
seleccionado una sola de esas fases de desarrollo, que responde aproximadamente
a la configuración última de nuestra actual cultura cristiana y blanca.” Freud,
S. (1976). El porvenir de una ilusión. En Obras completas: Sigmund
Freud (Vol. 21, pp. 1-55). Amorrortu Editores. (Obra original publicada en
1927). Págs. 19-20
[28]
Freud (1927) Op. Cit. Págs. 30-31.
[29]
Freud (1927) Op. Cit. Pág. 34.
[30]
“La satisfacción narcisista proveniente del ideal de cultura es, además, uno
de los poderes que contrarrestan con éxito la hostilidad a la cultura dentro de
cada uno de sus círculos. No sólo las clases privilegiadas, que gozan de sus
beneficios; también los oprimidos pueden participar de ella, en la medida en
que el derecho a despreciar a los extranjeros los resarce de los perjuicios,
que sufren dentro de su propio círculo. Se es, sí, un plebeyo miserable,
agobiado por las deudas y las prestaciones militares; pero, a cambio, se es un
romano que participa en la tarea de sojuzgar a otras naciones y dictarles sus
leyes. Esta identificación de los oprimidos con la clase que los sojuzga y
explota no es, empero, sino una pieza dentro de un engranaje más vasto. En
efecto, por otra parte, pueden estar ligados a ella afectivamente y, a pesar de
su hostilidad hacia los señores, verlos como su ideal. Si no existieran tales
vínculos, satisfactorios en el fondo, sería incomprensible que un número harto
elevado de culturas pervivieran tanto tiempo a pesar de la justificada
hostilidad de vastas masas.” Freud (1927) Pág. 13
[31]
Gaztambide (2024) Citando Freud (1927)
[32] Ayouch. Op. Cit. Pág. 85.
[33] Freud,
S. (1976). Alocución ante los miembros de la Sociedad B'nai B'rith (1941
[1926]). En Obras completas de Sigmund Freud. Amorrortu editores. Vol. XX. pp.
263-264
[34]
Ousider: Freud (2025) Sinopsis: A través de la animación y el comentario
experto, sigue el camino de Freud como intelectual judío en la Viena de la era
Nazi, presenciando cómo la persecución y el exilio influyeron en sus teorías
innovadoras sobre la mente humana.
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