La Raza en el diván cinematográfico de Freud

 

La Raza en el diván cinematográfico de Freud

 

Preparando una conferencia con motivo de la celebración del nacimiento de Sigmund Freud este 6 de mayo, quise que comentar alguna película en la que apareciera el padre del psicoanálisis. Al revisitar filmes clásicos como Freud: pasiones secretas de John Huston (1962), y algunos más contemporáneos como Un método peligroso de David Cronenberg (2011), noté las diversas formas de retratar un tema fundamental en la dramatización de su biografía: el colonialismo y el racismo, en la forma de antisemitismo. Ya sea como telón de fondo durante su exilio en Londres — La última sesión de Freud (2023) de Matt Brown — o en su infancia y juventud — El joven doctor Freud (1976) de Axel Corti —, su condición como miembro de una minoría razicada[1] aparece, ya sea latente o manifiesta, como parte de su historia y, por extensión, la del psicoanálisis.

El racismo que sufrieron Freud, el psicoanálisis y los primeros psicoanalistas no es un tema nuevo ni poco explorado. Sin embargo, consideramos que, en la época actual —caracterizada por la reaparición abierta de discursos racistas y de supremacismo que llegan a celebrar el fascismo, amplificados por las redes sociodigitales—, resulta pertinente recuperar lo que Daniel Gaztambide denomina la "historia popular del psicoanálisis"[2]. Se trata de una historia del psicoanálisis que nace desde la exclusión, con profundas raíces en la búsqueda de la justicia social y que, en ocasiones, se ha visto diluida mediante una asimilación colonial, ya sea por supervivencia o por conveniencia.

La propuesta del presente también se relaciona con la unidad de aprendizaje que desde hace tiempo imparto a estudiantes de psicología llamada “Psicoanálisis, poder y subjetividad” donde se entabla un diálogo entre autores como Foucault, Butler, Boudieu y Freud, Lacan, entre otros autores, con el objetivo de analizar los efectos psíquicos de las relaciones de poder. Además, nuestra aportación a este tema y a la recuperación de la memoria histórica sobre la relación entre Freud, el psicoanálisis y el racismo es a partir del diálogo entre la clínica psicoanalítica y el tratamiento estético que los cineastas realizan de dicho tema. Como señala el primer estudio sobre cine y psicoanálisis realizado por Otto Rank en 1914, el cine tiene la virtud de permitir a los artistas crear imágenes y situaciones que hagan más comprensibles ciertos conceptos y temas de interés para el psicoanálisis. [3]

De esta forma, a partir de la relación íntima entre cine y psicoanálisis, y en diálogo con autores que analizan la raza desde esta disciplina, proponemos una revisión de escenas de películas que abordan diversas épocas en la vida y obra de Freud. Señalamos especialmente cómo su condición de pertenecer a una minoría migrante y racizada es elaborada y afecta la creación de eso que Yosef Hayim Yerushalmi llama el "judaísmo sin Dios"[4] que es el psicoanálisis. En este contexto, la ausencia de Dios no representa un mero rechazo de lo místico, sino más bien un rechazo a todo esencialismo o "cultura de un pueblo" —ya sea judío o de cualquier otra identidad—. Se trata, en cambio, de partir de la condición de cuerpos discriminados y segregados, lo que lleva al psicoanálisis a una "opción preferencial por lo reprimido"[5], lo oprimido y marginal.

Antes de “apagar las luces y que empiece la función", queremos resaltar la importancia y vigencia del pensamiento freudiano en nuestros tiempos, a 170 años del nacimiento de Freud. Para ello, recuperamos lo expuesto en su artículo Las resistencias contra el psicoanálisis (1925). Las resistencias analizadas entonces resuenan con versiones actuales de rechazo al psicoanálisis, tanto desde el ámbito médico-psiquiátrico como desde el filosófico-cultural. El primero lo considera "un sistema especulativo" por carecer de un origen biológico mecanicista en sus investigaciones; el segundo le reprocha que sus conceptos básicos —aún en desarrollo— carecen de claridad y precisión. Otra de las resistencias, Freud la atribuye a la "hipocresía cultural", especialmente en lo relativo a la sexualidad. Lo interesante es que dichas resistencias pueden observarse nuevamente en nuestros días, obviamente con matices diversos, pero manteniendo aquello que el psicoanálisis tiene de revolucionario: su capacidad de cuestionar los ámbitos biológico, filosófico y cultural.

Sin embargo, al final del artículo, Freud resalta una última resistencia que da pie a nuestro estudio:

“… quizá su propia personalidad (la de Freud mismo), como judío que no quiso ocultar su judaísmo, tuvo algo que ver en la antipatía de los contemporáneos hacia el psicoanálisis. Rara vez se expresó en alta voz un argumento de este tipo, pero por desdicha nos hemos vuelto tan recelosos que no podemos dejar de conjeturar que esa circunstancia no ha sido del todo ajena. Y, por otro lado, acaso no fue mera casualidad que el primer sostenedor del psicoanálisis fuera un judío. Para abrazarlo hacía falta cierta aquiescencia frente al destino de encontrarse aislado en la oposición, un destino más familiar al judío que a los demás.”[6]

La cita anterior abre una pregunta pertinente para el ejercicio del psicoanálisis: este estaría obligado a dar lugar a lo exiliado, oprimido y reprimido, tanto en el ámbito psíquico como en el económico, ideológico o político. Recordamos aquí la propuesta de Thamy Ayouch, que orienta y da nombre a nuestro ensayo: "lo psíquico es político". Por ello, es necesario poner "la Raza en el diván".

Nuestro material de análisis serán cuatro películas que abordan distintos momentos de la vida de Sigmund Freud. Comenzaremos con la clásica cinta de John Huston, Freud: pasiones secretas, en la que, de forma conservadora, se omite el racismo vivido por el propio Freud como judío migrante que llega a Viena y se confronta con el establishment de la aristocrática jerarquía médica austriaca. Allí, el énfasis suele ponerse en la recepción de su nueva teoría revolucionaria sobre la sexualidad o en la hipnosis de Charcot. Sin embargo, al rescatar elementos biográficos, podemos observar que dicha hostilidad también encuentra un posible trasfondo en el carácter racista colonial de ese entorno médico. Además, en la dramatización del momento que da inicio el camino al autoanálisis de Freud —que culminará con La interpretación de los sueños (1900)— encontramos ese padecer secreto del migrante Freud. Profundizaremos dicho momento crítico —específicamente la muerte de su padre, Jacob Freud, que ocasionan la emergencia de síntomas histéricos, melancolía y pesadillas—, con pasajes biográficos retratados en otras películas.

De ahí iremos a ver El joven doctor Freud de Axel Corti, película que recupera la vivencia en la que Jacob Freud es agredido por gentiles cristianos que arrojan su sombrero al lodo. Las múltiples versiones cinematográficas de este episodio transforman el relato, mezclándolo con la idea del viaje en tren, el síntoma histérico de Freud respecto a viajar y, más allá de lo meramente edípico, la temática de la migración y el desplazamiento forzado por su condición de minoría. Corti resalta esta conexión a través de la figura del tren en dos momentos clave: primero, en 1939, cuando Freud, perseguido por el nazismo, debe tomar el tren para exiliarse a Londres; y segundo, años atrás, cuando la familia Freud emigra de Freiberg (Moravia) a Viena debido a las restricciones racistas que impedían la prosperidad del negocio de Jacob. Aunque Viena le ofreció a Freud un desarrollo académico y profesional —a costa de una asimilación de la mirada colonial—, la persecución del psicoanálisis como "ciencia judía" se mantuvo latente.

Desde allí, nos sumergiremos en Un método peligroso de David Cronenberg, para concentrarnos en una de las aristas de ese triángulo amoroso-intelectual entre los analistas Sabina Spielrein, Carl Jung y Sigmund Freud. En las escenas que abordan la relación entre Jung y Freud, se evidencia el acoso que sufre Freud y el psicoanálisis por su condición judía. Cuando esta cuestión se hace explícita, Freud reprocha a su querido joven colega sus comentarios "profundamente protestantes", una frase que anticipa la disolución de su amistad y que Freud pagará con otro desmayo. Freud reprochará a Sabina Spielrein algo que nos habla de su propio drama: haber depositado sus esperanzas de ser aceptado por el amor a un "bello ario", lo que nos permitirá abordar la alienación y el blanqueamiento de Freud.

Finalmente, llegaremos a La última sesión de Freud, una película que recupera elementos biográficos, pero los transforma en una ficción que plantea un "qué hubiera pasado si" C. S. Lewis, creador de Las crónicas de Narnia, se hubiera encontrado con Freud en Londres, justo antes de la muerte de este durante el estallido de la Segunda Guerra Mundial. La discusión central gira en torno a “la cuestión de Dios”, pero subyace claramente que ambos personajes son dos extranjeros afectados por la persecución racial justo en un Londres en medio de una guerra cuyo centro es el exterminio por motivos racistas y coloniales, sostenido en porvenir de la ilusión de la superioridad aria. Esto nos permitirá releer la reacción de Freud hacia la religión no tanto desde la lógica de la ciencia contra la religión, sino como una respuesta ante la religión como ilusión que sirve como justificante ideológico de la persecución colonial. La ilusión de un "porvenir" no se refiere entonces a una postura teológica en particular, sino a la ideología fascista de la que él mismo fue víctima, y que culminará con un cuestionamiento de la figura del padre fundador —tanto Freud del psicoanálisis como Moisés de la religión monoteísta—. En esta última revisión del Edipo, Freud cuestiona el ideal del padre fundador, lo que podría abrir la puerta a una técnica psicoanalítica decolonial.

 

(Freud: The Secret Passion. Huston. 1962).

 

Freud y su padecer secreto

Comenzamos nuestro recorrido con la película que se ha convertido en un clásico en cuanto a films biográficos sobre Freud. Nos referimos a Freud: pasiones secretas de John Huston (1962), cuya intención fue presentar al psicoanálisis al gran público desde el aparato de Hollywood. La cinta muestra los inicios del psicoanálisis y a Freud no solo como un científico, sino como un personaje trágico que luchaba contra prejuicios institucionales y sus propios demonios internos. Sin embargo, el precio que se pagó en el filme es similar a lo que le ocurrió a Freud en la divulgación del psicoanálisis: despolitizar la historia y la clínica psicoanalítica. Como menciona Gaztambide: “manteniendo su política de izquierda separada de su pensamiento clínico a instancias de sus discípulos angloamericanos más conservadores”.

“Ernest Jones, por ejemplo, advirtió a Freud: ‘En sus opiniones políticas privadas puede ser bolchevique [un partido político de extrema izquierda], pero no ayudaría a la difusión del [psicoanálisis] si lo anunciara’ (Freud & Jones, 1926/1993, p. 592). Aunque Freud bifurcó lo clínico y lo político para ‘proteger’ al psicoanálisis de ser ridiculizado como socialista y judío, este libro deshace esa represión para reconectar la historia política del psicoanálisis con su técnica clínica.”[7]

Así como la intención del texto de Gaztambide y su “técnica psicoanalítica descolonial”, nuestra aportación —mediante un “psicoanálisis a la luz del cine”— también busca reconectar esos enlaces reprimidos entre clínica y política. Otro ejemplo de lo anterior son los comentarios de Alenka Zupančič acerca de la película de Huston:

"En Freud: The Secret Passion…, hay una escena sorprendente que muestra a Freud en el momento en el que está presentando su teoría de la sexualidad infantil ante una enorme audiencia de académicos. La audiencia escandalizada, desaprueba intensa y explícitamente la breve presentación y constantemente interrumpe la exposición con gritos. Varios de los hombres se salen del auditorio a modo de protesta y escupen en el suelo al lado de Freud. Momentos más tarde, el moderador dice: Caballeros, ¡no estamos en un mitin político!... Este comentario señala la sorprendente coincidencia entre la política y la teoría freudiana de la sexualidad. Cada vez que se retoma la cuestión de la sexualidad, se decide algo del orden de lo político… la política se refiere a lo que puede articularse alrededor de ciertos antagonismos sociales fundamentales… “Lo sexual es político” no en el sentido de que la sexualidad es una esfera del ser donde las luchas políticas también suceden, sino en el sentido de políticas de emancipación verdaderas que pueden concebirse en la base de una “ontología desorientada del objeto” …, es decir, como una ontología que no discute el ser en tanto ser sino la grieta (crack) (lo real, el antagonismo) que persigue e informa al ser desde dentro.” [8]

Así como la sexualidad que menciona Zupancic, la raza y el colonialismo está presente en la historia del psicoanálisis y en la película de Huston esta presente, aunque de forma latente. Escuchar la raza en el diván, resulta un ejercicio de historización de este. Como menciona Thamy Ayouch de quien tomamos el título de nuestro escrito:

“Plantearse qué es lo que la raza le provoca al psicoanálisis implica desarrollar una comprensión política de lo psíquico, historizarlo y contextualizarlo. Lo que le interesa principalmente al psicoanálisis es la manera en que el psiquismo, al igual que el dispositivo analítico, participan de relaciones inscritas en modos de ejercicio del poder. La raza, pero también el género, la clase, la sexualidad y la validez, le recuerdan al analista hasta qué punto su práctica es política: estas categorías permiten concebir un sujeto del inconsciente inseparable del espacio de la Polis y de sus configuraciones de poder… Pues el psicoanálisis suele volverse muy normativo cuando se aferra a una ignorancia reivindicada… La raza le invita, pues, al psicoanálisis a examinar las condiciones políticas, económicas y culturales de su práctica, así como los fundamentos filosóficos y epistemológicos de su corpus teórico.[9]

En lugar de cerrar los ojos ante la raza, prestemos atención a lo que tienen que mostrar los artistas en la elaboración estética que hace de los inicios del psicoanálisis. Con tal motivo, la escena que seleccionamos para iniciar este recorrido ocurre a mitad de la película. Freud (Montgomery Clift), junto con Breuer (Larry Parks), empiezan a preguntarse por los motivos psíquicos de la histeria, más allá de considerar a las histéricas —como hace el establishment vienés representado por Meynert (Eric Portman)— como simuladoras. Atendiendo a la paciente de Breuer, Cecily (Susannah York) —una condensación cinematográfica de Anna O., otras pacientes de Estudios sobre la histeria y libertades artísticas que transforman la cura por la palabra en una especie de thriller por recuperar la memoria—, Freud recibe la noticia de la gravedad de su padre, quien finalmente muere. Yendo de camino al cementerio, a sus puertas Freud se desmaya. Posteriormente tiene una pesadilla que relata a Breuer:

 

 

 

 

Freud: Estaba en mitad de un sueño. “Los ojos se cerrarán”. ¿Qué significa?... Los sueños tienen un significado… para el soñante. Para sí mismo, sobre sí mismo. Pero hablan en clave. ¿Y si los sueños fueran ideas que escapan de la represión disfrazándose? Todos estaban de luto. Todos menos yo. Estaba en mangas de camisa en el entierro de mi padre. ¿Por qué no estaba de luto? Lo amaba. ¿O no? El sueño dice que no.

Breuer: Deja de torturarte, Freud. Tu padre murió feliz. Lo honraste, fuiste un buen hijo.

Freud: No es lo que decía la señal. “los ojos se cerrarán”. ¿Los ojos de quién? ¿Los de mi padre? Estaba junto a su cama. Yo se los cerré. ¿Los míos? Todos en la estación caminaban con los ojos cerrados. Los míos, estaban abiertos. Muy abiertos. Por eso… por eso no podía entrar por la puerta del cementerio. Ahora entiendo…. Recuerdas el dicho “los hijos cerrarán los ojos a los pecados del padre”. Violé la ley. ¿A qué pecado suyo no podría cerra los ojos? Breuer, llévame de nuevo al cementerio.

Freud y Breuer van al cementerio, pero Freud se detiene antes de entrar.

Freud: Está sucediendo. Mis piernas no me sostienen. No puedo… ¿Por qué? ¿Por qué cuando me doy la vuelta vuelvo a sentirme bien? Meynert tenía razón. Sí. Soy un neurótico, son síntomas de histeria… ¿Qué terror oculto me impide ponerme junto a la tumba de mi padre y amenaza mi amor por él?

Breuer: ¿Qué pudo haber hecho el buen hombre?

Freud: (ya en el carruaje) Una vez, de niño, estaba con él en la calle y unos rufianes le llamaron “sucio judío” y le tiraron el sombrero.  Y lo único que hizo fue recogerlo y seguir andando. Le vi menos como a un Dios y más como a un hombre, pero no lo odié por su debilidad. El recuerdo debe de remontarse a más atrás. ¿Es posible que la neurosis puede empezar en la infancia? Eso situaría el evento traumático antes del despertar sexual.

               Esta secuencia nos muestra aspectos que son relatados por el propio Freud tanto en conversaciones privadas —en las cartas a su amigo y confidente Fliess— como en lo que compartió públicamente en La interpretación de los sueños. Así como revela la frase "Soy un neurótico, son síntomas de histeria", le debemos a sus síntomas, agravados tras la muerte de su padre, la indagación de Freud que culminaría con el texto fundacional del psicoanálisis. Por lo tanto, resulta significativo que, más que el desmayo —que es una licencia dramática ya que los desmayos que sufrió fueron más en la época de su relación con Jung, que abordaremos más delante de la mano de Cronenberg – se resalta el impacto de la muerte de Jacob en estados corporales (migrañas, problemas gastrointestinales) y anímicos (estados melancólicos) pero manteniendo como inicial objeto de estudio la pesadilla de “cerrar los ojos” que así relata Freud:

“Viena, 2. nov. 1896 … Tengo que contarte un gustoso sueño de la noche que siguió al entierro. Estaba en un local y leía ahí un cartel:

SE RUEGA

CERRAR LOS OJOS

Al local lo reconocí enseguida como la peluquería que visito diariamente. El día del sepelio tuve que esperar algo ahí y por eso llegué un poco tarde a la casa del duelo. Mi familia se mostró entonces descontenta conmigo por haber yo dispuesto que los “funerales” fuesen discretos y sencillos, lo cual luego se reconoció muy atinado. También me echaron un poco en cara el retraso. La frase del cartel es de doble sentido y quiere decir, en ambas direcciones: «Uno tiene que cumplir con su deber hacia el muerto». (Una disculpa, como si yo no lo hubiera hecho y necesitara indulgencia -y el deber tomado literalmente.) El sueño es entonces un resultado de aquella inclinación al autorreproche que regularmente se instala en los sobrevivientes.” [10]

               Freud reconoce el sueño siendo de autoreproche, propio de la melancolía. En su texto dedicado al autoanálisis de Freud, Anzieu menciona:

“El cartel se presenta como los que indican PROHIBIDO FUMAR en las estaciones ferroviarias. Prohibido fumar, si no se desea gastar prematuramente el corazón y morir joven: alusión al episodio de abril de 1894 y a la prohibición que desde entonces Fliess no dejó de reiterar. Sala de espera de una estación, alusión a la otra angustia de Freud, su fobia ferroviaria… Fue necesario este duelo para que Freud sintiera remontarse desde su infancia más remota un sentimiento oculto de culpabilidad respecto de su padre.”[11]

               Resulta llamativo que la forma del anuncio lo remita a la estación de trenes, más que al local como lo relata Freud, de tal forma que la representación del sueño en la película reintroduce el tren que parte, cerrar los ojos y el funeral en la especie de corona mortuoria que acompaña a la locomotora. Este sueño de autorreproche, correspondería a los del "sentimiento oculto de culpabilidad hacia el padre" —un sueño que cumple con los "sueños de muerte de seres queridos" analizados en La interpretación de los sueños— condensando dos temores de Freud: los viajes en tren y la angustia ante la muerte por fumar.

La forma como la película retrata los síntomas y la condensación que hace junto con la pesadilla reproducen el autorreproche[12] por un “sentimiento oculto de culpabilidad respecto de su padre”. La película lo retrata dramáticamente cuando Freud le dice a Breuer: "¿Por qué no estaba de luto? Lo amaba. ¿O no? El sueño dice que no". Lo que sabemos es que el análisis de dicho sueño “produjo un efecto liberador”[13] en Freud, lo que le permitió salir de la inhibición intelectual y pudo terminar de escribir su libro inaugural.

Freud menciona el recuerdo que constituye la primera asociación en la escena de la película de Huston, cuando se pregunta: "¿Qué terror oculto… amenaza mi amor por él?". Se trata de la escena del gentil que humilla a su padre. En la película, Freud inmediatamente lo descarta y busca otro recuerdo más ligado a un origen sexual, lo que culminará en la trama edípica del odio al padre por haberlo privado de la madre, prueba de la sexualidad.

Aunque consideramos que dicha interpretación es parte de la teoría —como el propio Freud la desarrollará en su obra—, nos parece importante recuperar ese otro “padecer secreto” en el recuerdo infantil sobre el antisemitismo. Permitámonos, entonces, jugar con la ficción de la película y, como en sesión, pedirle a Freud que no descarte su primera asociación al tema, tal como dicta la técnica. Ese recuerdo aparece también en La interpretación de los sueños, ligado especialmente a los viajes en tren y a la discriminación sufrida durante toda su juventud. Al reconocerlo, Freud logró conquistar una posición subjetiva añorada: la conquista de Roma y el reconociendo institucional. Pero para tal logro, tuvo que explorar más su infancia y juventud, que revisaremos con la siguiente película.

 

(Der junge Freud. Corti. 1977)

 

Freud y su vivencia infantil

Vayamos ahora a la película para la TV de Axel Corti “El joven Dr. Freud”, que, como su nombre indica, sigue la juventud de Freud hasta llegar a la publicación de Estudios sobre la histeria y el comienzo de su amistad con Fliess. Lo que distinguimos de esta película es la forma como empieza uniendo una etapa final y otra temprana de la vida de Freud: comienza con un Freud exiliado que huye en tren hacia Londres debido a la persecución nazi, y luego hace un flashback a su infancia recién llegando de Freiberg. Todo esto se intercala con escenas en las que Freud (Karlheinz Hackl) habla directamente a la cámara mientras es interrogado por un Entrevistador (Georg Stefan Troller, quien también escribió el guion), que lo invita a reflexionar, desde la conciencia del presente, sobre su vida y su obra, en una especie de sesión analítica, siendo el filme que más directamente pondrá la raza en el diván.

          

 

            

Después de mostrar el viaje en el tren de la persecución nazi, la película exhibe fotografías de Freud que van del más viejo hasta cuando era niño, para llegar a 1860, cuando Freud, de 4 años, llega en tren de Freiberg a Viena. En ese momento, el Narrador le pregunta al Freud adulto, que presencia la escena de la llegada de su familia:

Entrevistador: Señor Freud, ¿Se ha sentido como en casa en Viena?

Freud: Cuando llegué a viejo, probablemente sí. Nosotros veníamos del campo. Pero Viena… Viena siempre me inspiró terrores durante toda mi vida. Llegué a estar tan cómodo como un campo de batalla. Sintiéndome como si siempre estuvieras rodeado de extraños. No, no solo extraños, sino seres desconocidos. Para sobrevivir, tienes que saber reconocerlos.

La película nos muestra posteriormente un recuerdo de Freud sobre Freiberg. Aquí, el filme se permite varias libertades artísticas al atribuirle a Freud dicho recuerdo, pero es consistente con lo que se sabe históricamente de la situación de los judíos en esa época. Vemos el racismo sistemático en la burocracia que afectaba a los judíos, así como el racismo a ras de calle por parte de los cristianos y gentiles que se topan Freud y su padre, en una dramatización de la escena "Bájate de la acera, sucio judío", mencionada anteriormente. Al presenciar la escena, Freud adulto reanuda su conversación con el Narrador:

Freud: Yo nunca dejé que eso me pasara sin defenderme.

Narrador: ¿El judaísmo juega un papel importante en su vida?

Freud: No tanto el aspecto como religión, sino como el ser percibido como alguien diferente. Ser obligado a la oposición desde el principio, tener que luchar por ello.

               Esta película es la que más claramente resalta la discriminación hacia el joven Freud como migrante judío en una Viena que oscilaba entre el liberalismo en las aristocracias y el racismo feroz en las clases medias y bajas.[14]  

               Como menciona Daniel Gaztambide en su libro “La historia popular del Psicoanálisis: De Freud a la psicología de la liberación”:

“Freud, como otros judíos liberales de la década de 1860, alcanzó la mayoría de edad en un tiempo de gran esperanza por los derechos civiles y la igualdad… El programa social del emperador Francisco José había “ganado muchos corazones al garantizar la igualdad de derechos para las minorías” (Makari, 2008, p. 138), una esperanza que colapsó tras el krach bursátil de 1873 (Geller, 2007). La ansiedad económica y la percepción de los judíos como “intrusos” que pasaban de la periferia al centro de la sociedad condujeron a un auge del antisemitismo reaccionario, lo que llevó a la elección del socialista cristiano Karl Lueger. En las décadas de 1860 y 1870 Freud crecería en un mundo de contradicciones, donde una mayor libertad y movilidad coexistían con un persistente temor a la violencia.”[15]

               La juventud de Freud y el gestante psicoanálisis transcurren entre estos dos mundos: el del racismo y la promesa de movilidad vía la academia, lo que resulta en una tensión en la identidad judía de Freud. Por un lado, se siente orgulloso de su herencia y de la historia de resistencia frente a sus enemigos; por el otro, desdeña la religión y lo místico como hijo de la Ilustración. Por lo anterior, resulta de nuestro interés lo que la película aporta en las escenas comentadas, ya que aparece la escena del gentil que tumba el sombrero a Jacob Freud —que aparecerá en tres de las cuatro películas que comentaremos— pero de nuevo se presenta diferente a como es relatada por el propio Freud.

Antes de llegar a ese recuerdo de violencia racista, Freud comparte en La interpretación de los sueños que llega a ese recuerdo después de una serie de sueños relacionados con la “ciudad eterna”: Roma. En el apartado B, "Lo infantil como fuente de los sueños", del capítulo V ("El material y las fuentes del sueño") de La interpretación de los sueños, Freud comparte una serie de sueños que le mostraban la fuerza de los "recuerdos infantiles arraigados en lo profundo". Con tal motivo, presenta varios sueños en los que evita llegar a Roma. En el primero, alcanza a ver el centro de Roma desde la ventanilla del tren, pero el tren se mueve y se da cuenta de que "no he puesto el pie en la ciudad" (p. 206). En un segundo, alguien lo lleva cerca y le enseña Roma a lo lejos. En un tercero, ya está en Roma, donde encuentra a un señor Zucker "y me resuelvo a preguntarle por el camino para la ciudad". Una serie de asociaciones lo llevan a recordar "dos anécdotas judías": la de un judío pobre al que bajan constantemente del tren y que finalmente responde, ante la pregunta de adónde viaja: "Si mi constitución lo permite, a Karlsbad"; y otra sobre otro judío en París al que le juegan una broma para burlarse de su acento, lo que le recuerda a Freud la conquista de otra ciudad añorada, "la ciudad luz", donde conoció a Charcot. Finalmente, en un cuarto sueño dice: "Veo ante mí una esquina y me asombra que hayan fijado allí tantos carteles en alemán", sueño que asocia con su época de estudiante, donde esperaba que "en Praga se tolerase más al idioma alemán". Esto último lo llevó al pensamiento: «No puede decidirse quién hubo de pasear más febrilmente arriba y abajo por su cuarto después de haber hecho el plan de marchar hacia Roma, si Aníbal o el profesor (arqueólogo) Winckelmann». Acto seguido, Freud comparte que Aníbal fue su héroe preferido de niño, cuando "empecé a comprender las consecuencias de pertenecer al linaje de una raza ajena al país".

“Aníbal y Roma simbolizaban… la oposición entre la tenacidad del judaísmo y la organización de la Iglesia Católica… Así, el deseo de llegar a Roma devino, para la vida onírica, la cubierta y el símbolo de muchos otros deseos ardientemente anhelados, en cuya realización querríamos laborar con el empeño y la dedicación de los cartagineses y cuyo cumplimiento, entretanto, parecía tan poco favorecido por el destino como el deseo absorbente de Aníbal de entrar en Roma.

Y sólo ahora tropiezo con aquella vivencia de niño que todavía hoy exterioriza su poder en todos estos sentimientos y sueños. Tendría yo diez o doce años cuando mi padre empezó a llevarme consigo en sus paseos y a revelarme en pláticas sus opiniones sobre las cosas de este mundo. Así me contó cierta vez, para mostrarme cuánto mejores eran los tiempos que me tocaba a mí vivir, que no los de él: «Siendo yo muchacho, me paseaba por las calles del pueblo donde tú naciste, un sábado; llevaba un lindo traje con un gorro de pieles nuevo sobre la cabeza. Vino entonces un cristiano y de un golpe me quitó el gorro y lo arrojó al barro exclamando: "¡judío, bájate de la acera!"». «¿Y tú qué hiciste?». «Me bajé a la calle y recogí el gorro», fue la resignada respuesta. Esto no me pareció heroico de parte del hombre grande que me llevaba a mí, pequeño, de la mano. Contrapuse a esa situación, que no me contentaba, otra que respondía mejor a mis sentimientos: la escena en que el padre de Aníbal hace jurar a su hijo ante el altar doméstico que se vengará de los romanos. Desde entonces tuvo Aníbal un lugar en mis fantasías…

Cuanto más ahondamos en el análisis de los sueños, con tanto mayor frecuencia nos ponemos sobre la huella de vivencias infantiles que desempeñan un papel, como fuentes del sueño, en el contenido latente de este.””[16]

               Como se puede apreciar, Freud llega a este recuerdo de un evento que le sucede a su padre en su juventud, el cual sirve como contraste con la época más liberal que le tocaba a Freud hacia 1866. Freud admite que dicho recuerdo todavía le afecta ("exterioriza su poder"), especialmente si tomamos en cuenta que está pasando por el duelo por la muerte de su padre y la culpa por sentimientos incómodos hacia él; en la melancolía, los autorreproches se elaboran cuando se hacen conscientes los reproches que, en el fondo, iban dirigidos al muerto, permitiendo así, el trabajo de duelo. No iremos tan lejos como Marthe Robert señalando que el deseo, presente en lo sueños de Freud, era el de “negar al padre judío responsable de los defectos, la pobreza y la condición humillada de su hijo”[17]. Sin embargo, este recuerdo permite acceder a esas "huellas de vivencias infantiles", que en el caso de Freud tienen relación con el racismo y, a través de los sueños donde quiere ir a Roma y no llega, con la identificación con Aníbal Barca, el gran enemigo de Roma.

Consideramos es que podemos ver los efectos del trauma de lo infantil racial en Freud, además de revelar una ambivalencia con respecto a la blanquitud europea: por un lado, añora las ciudades insignes —París, Roma— y, por el otro, reconoce la persecución racista de esos mundos. Así como existe una ambivalencia con respecto a su padre —que puede analizar y que le permite conquistar Roma, no sin antes conquistar La interpretación de los sueños—, esta ambivalencia, propia de la asimilación colonial, estará presente en Freud en otros momentos de su vida.

Como menciona Ayouch de quien tomamos su propuesta de lo racial-infantil:

En vez del sólo sexual–infantil, propongo la noción de lo racial–infantil. El primero suele ser considerado como búsqueda de un plus de placer que no puede reducirse a la satisfacción de una función vital. El segundo podría definirse, en régimen de jerarquía de poblaciones, como búsqueda de sobrevivencia en una relación colectiva y subjetiva de subordinación, impuesta por una naturalización de los cuerpos o de las culturas. Más que sólo el placer–displacer constitutivo de lo sexual infantil, lo racial–infantil tiene que ver con sobrevivencia: la necesidad de adaptarse a un mundo violento de abuso y exclusión de los/as racizados/as a lo largo de la historia.[18]

Esa necesidad de adaptación tocará a Freud en lo corporal al incorporar los ideales coloniales. Para ver sus efectos, tendremos que adentrarnos en caminos más peligrosos.

 

 

(A Dangerous Method. Cronenberg. 2011)

 

Freud y el método en peligro

               Continuemos nuestro recorrido cinematográfico por la vida de Freud, ahora en su etapa adulta, mientras buscaba consolidar el psicoanálisis. Nos referimos a los eventos retratados en la película de David Cronenberg Un método peligroso que, en palabras de su director, aborda el ménage à trois, el triángulo amoroso intelectual entre un maduro Sigmund Freud (Viggo Mortensen), un joven Carl Jung (Michael Fassbender) y su también joven paciente que devendrá psicoanalista, Sabina Spielrein (Keira Knightley).

Muchas de las críticas y comentarios sobre la película se concentran en el romance clandestino entre Jung y Spielrein. Si bien dicho romance tiene sustento histórico y la cinta logra resaltar lo complejo de la relación entre ellos, poco se destaca sobre los otros 2 lados del mencionado triángulo: la relación de Freud con Jung y Freud con Spielrein. La relación de Freud con estos otros personajes es de nuestro especial interés si ponemos la raza en el diván, ya que tanto el profesor como la joven paciente/analista son judíos y ambos se relacionan intensamente con el seductor joven ario.

Nuestra primera escena por comentar tiene lugar durante la famosa conversación de 13 horas en el primer encuentro personal entre Freud y Jung en febrero de 1907 en Viena. Después de conocer a la familia de Freud, ambos están en el Café Sperl, donde se da el siguiente diálogo:

 

 

Freud: No creo que tenga idea de la verdadera fuerza y profundidad de la oposición a nuestro trabajo. Está, por supuesto, todo el establecimiento médico, aullando por enviar a Freud a la hoguera; pero eso no es nada comparado con lo que ocurre cuando nuestras ideas empiezan a filtrarse, en la forma distorsionada en que llegan al público: las negaciones, el frenesí, la rabia incoherente.

Jung: ¿Pero no podría deberse eso a tu insistencia en la interpretación exclusivamente sexual del material clínico?

Freud: Lo único que hago es señalar lo que la experiencia me indica que debe ser la verdad… Y le aseguro que dentro de cien años nuestro trabajo seguirá siendo rechazado. Colón, ya sabe, no tenía idea de qué país había descubierto; como él, yo estoy a oscuras: lo único que sé es que he puesto pie en la orilla y el país existe.

Jung: Yo lo pienso más como Galileo: y en sus oponentes como aquellos que lo condenaron, negándose siquiera a mirar por su telescopio.

Freud: En cualquier caso, yo simplemente he abierto una puerta: corresponde a los jóvenes, como usted, atravesarla.

Jung: Estoy seguro de que aún tienes muchas más puertas que abrir para nosotros.

Freud: Por supuesto, está la dificultad añadida, más munición para nuestros enemigos, de que todos nosotros aquí en Viena, en nuestro círculo psicoanalítico, somos judíos.

Jung: No veo qué diferencia hace eso.

(Freud lo mira: Jung lo observa inocentemente, con el bigote cubierto de crema blanca).

Freud: Eso, si se me permite decirlo, es un comentario exquisitamente protestante.

El final de esta escena retrata la importancia del racismo en el inicio y la consolidación del psicoanálisis, un aspecto claramente identificado por Freud e ingenuamente ignorado por Jung. El comentario de Jung: “No veo qué diferencia hace eso (que sean judíos)”, revela esa “inocencia”, colorblind, donde todavía tiene la “leche del privilegio blanco en los labios”.

Posteriormente Jung le cuenta a Freud un sueño sobre un caballo elevado por unos cables que luego se cae, es frenado por un tronco y finalmente detenido por un jinete y un carruaje. Ambos interpretan que el caballo representa a Jung, y los obstáculos (el jinete y el carruaje) simbolizan el embarazo de su esposa y el posterior nacimiento de su hija, como circunstancias que frenan sus ambiciones profesionales. Freud comenta que eso era de esperarse, ya que además traerá problemas económicos. Jung responde con tranquilidad que eso no es un problema, pues “afortunadamente” su esposa es extremadamente rica. Freud solo atina a lanzar un comentario juguetón: “Vaya, eso sí es afortunado”.

La forma en que Cronenberg retrata este encuentro entre Freud y Jung da cuenta de dos aspectos. Por un lado, la fascinación mutua: Jung admira y adula a Freud constantemente (“Yo lo pienso más como Galileo”), y Freud está encantado con este joven colega, lo que muestra una afinidad entre ambos pensadores. Pero al mismo tiempo, se evidencia una diferencia en sus condiciones de vida: Jung vive en el privilegio de ser un ario acaudalado, hijo de un pastor, que no padece las desventajas de pertenecer a una minoría social como el caso su maestro. Freud reconoce esa diferencia, y quizá precisamente por eso se siente fascinado con ese que nombrará su “príncipe heredero”.

Después de esta escena, vemos a Jung de regreso en Suiza, platicando con Spielrein y sintiéndose inquieto por su fascinación hacia Freud, mientras desprecia abiertamente a todos los seguidores freudianos. Esto nos recuerda lo que Freud llega a comentarle a Abraham, y que da cuenta de esta doble relación: por un lado, Freud admira a Jung; por otro, reconoce el racismo latente en él.

“Como escribió en cierta ocasión Freud a Abraham:

Por favor, sea usted tolerante y no olvide que en realidad para usted es más fácil que para Jung seguir mis ideas, porque en primer lugar usted es completamente independiente y, además, usted está más próximo a mi constitución intelectual a causa del parentesco racial, mientras que él, como cristiano e hijo de pastor que es, encuentra grandes resistencias internas en su camino hacia mí. Por esa razón, su asociación con nosotros es tanto más valiosa. Casi diría que su aparición en escena fue lo que permitió al psicoanálisis escapar al peligro de convertirse en una cuestión nacional judía… Abrigo la sospecha de que el antisemitismo contenido de los suizos, que hace una excepción conmigo, se desvía con mayor fuerza hacia ustedes. Pero creo que nosotros los judíos, si deseamos participar, debemos desarrollar un poco de masoquismo, estar dispuestos a sufrir algún agravio.”[19]

               Insistimos en subrayar los dos aspectos de la relación con Jung ya que muestran los efectos psíquicos y sociales de la asimilación colonial. Como señala Ayouch:

“El sujeto racizado se encuentra así atrapado en una alternativa de la que siempre sale perdedor. Si opta por llevar a cabo la asimilación, está negando la historia de la diferencia que le ha tocado encarnar: un legado que, incluso en ausencia de racismo directamente psicológico o ideológico, sigue arrastrando. Si pretende revelar los efectos siempre actuales de esta diferencia, las desigualdades y discriminaciones a las que se le expone, se le acusa de ser “identitarista” o “comunitarista”.” [20] (Resaltado nuestro)

               De esta forma Freud no solo busca por fines prácticos negar la diferencia racial del origen del psicoanálisis para ser reconocida de forma universal, sino que se revela algo de la asimilación colonial ya vivida anteriormente por Freud al aspirar ser el gran hombre de ciencia desde la perspectiva liberal europea, añorando los clásicos grecorromanos y compartiendo la perspectiva de separar a la gran cultura europea de la inferior cultura primitiva; perspectiva reforzada por la forma de entender la antropología y la mitología por Jung.

               Además, consideramos que lo que aporta la visión de Cronenberg a este momento en la creación del psicoanálisis son las escenas posteriores a la ruptura entre Spielrein y Jung. Tras esa separación, Spielrein acude a Freud, ahora iniciando como psicoanalista cuya tesis de 1912, La destrucción como origen del devenir, despierta el interés de Freud. Tanto es así que Freud la incluye en una nota de Más allá del principio de placer en la que propone el concepto de la pulsión de muerte[21].

               En la reunión entre Speilrein y Freud en 1912, posterior a cuestionarle sobre la inclusión de Jesucristo en al final de su tesis, se toca el tema de la ahora eminente ruptura entre Freud y Jung.

 

 

 

Spielrein: ¿Está usted en contra de cualquier tipo de dimensión religiosa en nuestro campo?

Freud: En general, no me importa si un hombre cree en Rama, Marx o Afrodita, mientras lo mantenga fuera del consultorio.

Spielrein: ¿Es eso lo que está en el fondo de su disputa con el Dr. Jung?

Freud: No tengo ninguna disputa con el Dr. Jung. Simplemente me equivoqué con él. Pensé que iba a ser capaz de llevar nuestro trabajo adelante, después de que yo ya no estuviera; no contaba con todo ese misticismo de segunda categoría y ese chamanismo ensimismado. No me di cuenta de que podía ser tan brutal y moralista…

Spielrein: Bueno, estoy de acuerdo con usted.

Freud: He notado que en las áreas cruciales de disputa entre el Dr. Jung y yo, tiende a favorecerme.

Spielrein: Pensé que no tenía disputa con él.

Freud: (Sonríe, reconociendo que lo han atrapado. Luego frunce el ceño). Todavía lo ama, ¿verdad?

Spielrein: No es por eso que defiendo su causa. Solo siento que, si ustedes dos no encuentran una manera de coexistir, eso retrasará el progreso del psicoanálisis, quizá indefinidamente. ¿No hay manera de evitar una ruptura?

Freud: Se mantendrán, por supuesto, relaciones científicas correctas. Lo veré en la reunión editorial en Múnich en noviembre y seré perfectamente civil. Para decirte la verdad, lo que lo acabó para mí fue todo ese asunto contigo, las mentiras, el comportamiento despiadado. Me quedé muy sorprendido. Por usted.

Spielrein: Creo que me amaba.

Freud: Me temo que su idea de una unión mística con un Sigfrido rubio estaba inevitablemente condenada. No ponga su confianza en los arios. Somos judíos, querida señorita Spielrein; y judíos siempre lo seremos.

Resaltamos primero el elemento gracioso donde Freud tiene que reconocer la disputa con Jung, una más complicada que la ya resuelta entre Spielrein y Jung. Cuando Spielrein —fiel a su apellido— juega limpio y reconoce que sintió que Jung la amaba, Freud le advierte algo que parece más un recordatorio para sí mismo: la "unión mística con el Sigfrido rubio estaba condenada". Es bien conocido el atractivo seductor de Jung, no solo con las mujeres. Freud le reconoce la capacidad de que, cuando habla, la gente le "abre sus corazones", a diferencia de él, que siente que los aleja[22].

Si escuchamos a la raza en el diván, podemos localizar los problemas de la asimilación colonial. Para que Freud y el psicoanálisis sean aceptados, necesitan asimilarse por la cultura aria. Ya lo había vivido antes en la universidad: Freud tuvo que hacer concesiones que a la fecha afectan la clínica del psicoanálisis. Suponemos que dentro de las estrategias de Freud para lograr el reconocimiento en la Universidad con el título de Professor (profesor extraordinarius) que le había sido negado en varias ocasiones, un de ellas fue incluir los referentes en sexualidad de Richard von Krafft-Ebing y su Psychopathia sexualis, como el término "perversión" o "aberraciones sexuales", en su libro Tres ensayos de teoría sexual; o remitirse a los conceptos coloniales de Le Bon cuando escribe Psicología de las masas y análisis del yo.

Retomamos de nuevo lo que dice Ayouch al respecto:

Lo “primitivo” se refiere así a paradas y retrocesos en el desarrollo libidinal, resultando en la patologización de toda organización psíquica diferente (“perversión”), de prácticas sexuales no heterocéntricas, o de “primitivos” contemporáneos racizados: lo primitivo vuelve por regresiones o fijaciones. Hay que señalar, sin embargo, que Freud deconstruyó la división psiquiátrica clásica entre normal y patológico con respecto a los efectos del inconsciente, a los síntomas y a las prácticas sexuales. Si, por ejemplo, retomó el término de “perversión” fue subvirtiéndolo: la sexualidad no tiene objeto ni finalidad “normal”, ya que, según Freud, el objeto de la pulsión permanece perpetuamente intercambiable, y lo sexual–infantil, fundamento del inconsciente, es enteramente “perverso polimorfo”. Sin embargo, subsiste el riesgo de una lectura medicalizada y patologizante, que produce exclusiones de género, de sexualidad, y también de raza: el “perverso”, o el sujeto colonizado, “primitivo”, es considerado como recaída, anomalía, fijación y/o regresión a estadios anteriores del desarrollo psíquico, indexado con el desarrollo de la cultura occidental.[23]

De esta forma, la asimilación no es solo una estrategia de supervivencia, sino la internalización de cierto cuerpo e ideal. La siguiente escena es de una ruptura definitiva en el bromance entre Jung y Freud. Después de discutir sobre las razones de Amenhotep IV (Akenatón) para retirar el nombre de su padre de los monumentos —Freud interpretándolo como una rivalidad edípica y Jung viéndolo solo como parte de la tradición— aparece el verdadero reclamo amoroso (transferencial): Jung no cita el nombre del maestro en sus ensayos, lo que ya era una constante en la “amabilidad” de Jung a Freud, así como lapsus que señaló el maestro. Ante el desconocimiento de Jung, Freud se desmaya y, al estar en brazos de Jung, solo alcanza a decir: "Qué dulce debe ser morir". Después vemos la ruptura definitiva vía epistolar: Jung reclama la neurosis de Freud de tratar a sus amigos como pacientes[24], y la respuesta de Freud niega tal acción y reprocha a Jung lo sospechoso de declararse normal y que “nosotros, los psicoanalistas, estamos de acuerdo en que nadie debe avergonzarse de su porción de neurosis”[25].

El tratamiento cinematográfico de Cronenberg resalta lo peligroso del método cuando se aborda lo reprimido, el cuerpo y los vínculos transferenciales. En nuestro recorrido, esto también lo encontramos en los cuerpos racizados por el colonialismo, que, al querer ser reconocidos en ese mundo, establecen una transferencia erótica con ese cuerpo que hace ver lo racializado desde la condescendencia colonial.

Mucho se ha discutido sobre el racismo de Jung. La película retrata una versión que consideramos adecuada: por un lado, Jung es una persona culta y brillante, no muestra odio ni asco por los judíos, incluso se relaciona eróticamente con chicas judías y tiene visiones que lo atormentan sobre la ola de sangre que se aproxima en Europa. Pero, por el otro, la parte mística, las ambiciones de éxito en EE. UU. y, sobre todo, la ignorancia o inocencia sobre el tema racial dan cuenta de un dotado intelectual ambicioso, bien intencionado, pero envuelto en el privilegio blanco, que desconoce los antagonismos estructurales y los considera esencialismos arquetípicos.

Históricamente, sabemos el final de los implicados en el ménage à trois. Spielrein es perseguida por la Rusia de Stalin y finalmente asesinada por los nazis, no sin antes introducir el psicoanálisis en Rusia, con una perspectiva emancipadora en materia de sexualidad infantil y educación. Freud muere en el exilio por la persecución nazi. Y Jung se hace cargo de la Sociedad Psicoanalítica durante el nazismo, auxiliando de forma secreta a emigrar a judíos y triunfando posteriormente en EE. UU.

  

(Freud’s Last Session. Brown. 2023)

Freud y su última sesión

Llegamos ahora al más reciente encuentro cinematográfico con el padre del psicoanálisis en La última sesión de Freud de Matt Brown, película basada en la obra de teatro homónima de Mark St. Germain, que a su vez parte del libro "La cuestión de Dios: C.S. Lewis y Sigmund Freud debaten sobre Dios, el amor, el sexo y el significado de la vida" (The Question of God), escrito por Armand Nicholi en 2002. Si bien recupera eventos biográficos e históricos, se trata de la adaptación más libremente retrata los eventos en la vida de Freud, al ser un ejercicio desde la ficción que muestra un posible —pero no comprobable y nunca registrado— encuentro entre Freud y C. S. Lewis, mundialmente conocido por ser el creador de Las crónicas de Narnia, en un Londres del 3 de septiembre de 1939 a dos días después del estallido de la Segunda Guerra Mundial.

Aunque el tema que supuestamente reuniría a Freud y Lewis sería la discusión sobre la “cuestión de Dios”, en el contexto del exilio de Freud por la persecución nazi, lo religioso se revela pronto como un objeto de intersección de otros temas: la sexualidad, lo racial, la guerra y lo político, presentes en ambos interlocutores. Esto resulta especialmente evidente en el caso de Freud, pues C. S. Lewis termina asemejándose más al “contradictor” que el propio Freud inventó para su análisis de la religión “cristiana y blanca” en su texto de 1927 El porvenir de una ilusión. Lewis actúa así a la manera de un Ha Satán para Dios en el libro de Job, convirtiendo este experimento mental cinematográfico en una suerte de sesión psicoanalítica donde podemos localizar, también, la raza en el diván.

    

La portación de la película a la raza en el diván, lo vemos desde los créditos iniciales antes del título. Estamos dentro de la casa de Freud en Londres y recorremos las distintas figuras de la colección de antigüedades —objetos de múltiples dioses de diversas culturas— mientras escuchamos de fondo la radio. De pronto, esta sintoniza el discurso de Hitler del 30 de enero de 1939: "Hoy quiero volver a ser profeta: si los judíos financieros internacionales dentro y fuera de Europa logran hundir a las naciones una vez más en un mundo de guerra, el resultado no será la bolchevización de la tierra y, por tanto, la victoria de los judíos, sino la aniquilación de la raza judía en Europa". Freud se levanta del diván y dice a su hija Anna: "Medicus animarum". Ella traduce: "El doctor vive".

Estamos ante los últimos días de Freud y nos preguntamos por su legado: uno que, simultáneamente, como señala Gaztambide, reprodujo discursos coloniales y, al mismo tiempo, nos brindó herramientas para cuestionarlos y desmontarlos[26]. De ahí, en lo que vive del doctor, es necesario reconectar lo clínico y lo político y en esta ultima sesión, la conferencia de Hitler se cuela entre las antigüedades de Freud, siendo el racismo la principal ilusión que opera en ese momento y del cuál Hitler es su profeta, y, al elegir los cineastas ese fragmento de la conferencia del Führer, el racismo se revela como íntimamente ligado a lo religioso.  

La película gira, como la obra de teatro en la conversación entre Lewis y Freud, que al encontrarse mencionan:

Lewis: Tiene usted una casa encantadora.

Freud: Sí. Mi hija, Anna, ha hecho lo posible por replicar nuestro hogar en Viena. Usted tampoco es nativo de este país. ¿Estoy en lo cierto?

Lewis: Nací en Belfast, pero he estado aquí desde que me enviaron a un internado a los trece años.

Freud: (Su irlandés siempre prevalecerá) Todos intentamos con tanto empeño dejar atrás nuestro pasado. Nuestra infancia. Pero nunca nos dejarán. Ni tampoco las penas del mundo… (una pausa) Este nunca será mi hogar.

De entrada, antes del tema religioso aparece el tema de la persecución y el pasado presente en este exilio especialmente para este Freud que se encuentra mermado físicamente por el cáncer, a 20 días de su muerte.  Tanto su pasado como las penas del mundo tocan a Freud.

Más adelante habla de lo que hizo que finalmente aceptara dejar Viena, que la Gestapo se llevara a su hija Anna detenida que conecta con una recuerdo infantil con su nana:

 

 

Freud: Cuando ella fue liberada, soborné a todos los necesarios para salir del país de inmediato. Me hizo falta una tragedia familiar… Desperté cuando de repente reconocí el rostro de la bestia. El monstruo.

Lewis: La historia está llena de monstruos.

Freud: Y todos viven felices y contentos dentro de todos y cada uno de nosotros… pero es muy tarde, porque hemos elegido vivir nuestra preciosa vidas en el humo sofocante de la quema de los libros y las brasas humeantes de nuestro odio. No hay escapatoria de la bestia, amigo, porque nuestra certeza moral es la bestia… Somos el apocalipsis.

Freud (voz en off): Me crio una estricta niñera católica que me arrastraba a la iglesia cada domingo.

Ilsa: Debes rezar por tu padre para que pueda ir al cielo.

Jakob: ¡No existe el cielo!

Ilsa: ¡Para ti no lo hay!

Jakob: ¡VETE! ¡AHORA!

(Ella se da vuelta y se marcha. Jacob agarra a su hijo por el brazo.)

Jacob: ¡NO RECES POR MÍ! ¡NUNCA! ¡SIGMUND! ¿ME OYES?

Resaltamos la frase, que no aparece en el guion original, “No hay escapatoria de la bestia, amigo, porque nuestra certeza moral es la bestia”. ¿Qué implica esa “certeza moral”? y ¿Cómo se relaciona con la raza en el diván? Nos recuerda a lo analizado por Freud en el citado texto “El porvenir de una ilusión” que comúnmente se asocia solamente al tema de la religión, aunque nuestra lectura es similar a la de Gaztambide que reconoce que la crítica a la religión, “contiene en su interior una crítica al capitalismo racial”, por lo que esa “certeza moral” es la religión blanca y cristiana[27].  Sin embargo, si vamos al texto, reconocemos las diversas formas de ilusión a las que refiere:

“Una ilusión no es lo mismo que un error; tampoco es necesariamente un error… Puede calificarse de ilusión la tesis de ciertos nacionalistas, para quienes los indogermanos serían la única raza apta para la cultura, así como la creencia —sólo destruida por el psicoanálisis— de que el niño carecería de sexualidad. Lo característico de la ilusión es que siempre deriva de deseos humanos… Por lo tanto, llamamos ilusión a una creencia cuando en su motivación esfuerza sobre todo el cumplimiento de deseo; y en esto prescindimos de su nexo con la realidad efectiva, tal como la ilusión misma renuncia a sus testimonios”. [28]

Más adelante, Freud nos brinda más ejemplo de ilusiones:

“Después de haber discernido las doctrinas religiosas como ilusiones, se nos plantea otra pregunta: ¿No serán de parecida naturaleza otros patrimonios culturales que tenemos en alta estima y por los cuales regimos nuestra vida? ¿No deberán llamarse también ilusiones las premisas que regulan nuestras normas estatales? ¿Una serie de ilusiones eróticas no enturbiará en nuestra cultura las relaciones entre los sexos?”[29]

La relación entre el término "ilusión" y el concepto de ideología ha sido fuente de debate. Nos concentraremos en lo relacionado con nuestro objeto de estudio: la raza en el diván. Además de la religión —específicamente la blanca y cristiana—, otro ejemplo de ilusión es la idea de los nazis que remite la cultura exclusivamente a los arios, es decir, el supremacismo blanco del colonialismo. Sin embargo, el resto de los ejemplos que señala Freud también indicarían su vínculo con el racismo: la negación de la sexualidad infantil, los patrimonios culturales y las normas estatales (¿sistemas de gobierno? ¿modelo económico?), así como la relación entre los sexos. La política, la economía, lo heteronormado, lo patriarcal, lo sexual infantil y lo racial infantil se entrelazan con lo religioso como sistemas de poder de los privilegiados sobre los oprimidos, sistemas que hacen que estos últimos se identifiquen con sus propios dominadores. La “certeza moral” que es “la bestia” en el nazismo de Hitler [30] requiere que dichos ideales tengan que ser puestos al “sillón de la transformación” que es el diván, para localizar ya sea el papel de la ideología o la fantasía (como la Fantasía Racista que habla Todd McGowan) como sostén y efecto del capitalismo colonial.

Vayamos a una última escena para ir terminando la función:

    

Lewis: ¿Y si Dios quisiera perfeccionarnos a través del sufrimiento? Hacernos comprender que la verdadera felicidad, la felicidad eterna, solo puede venir de Él. Si el placer es su susurro, el dolor es su megáfono.

Freud: Estoy seguro de que Hitler, el pequeño monaguillo que servía en la iglesia cada domingo, estaría de acuerdo contigo. Pero yo no puedo. (con desdén) Hablamos lenguajes distintos. Tú crees en la revelación. Yo creo en la ciencia, en la autoridad de la razón. No hay terreno común.

Se habla desde dos "lenguajes distintos" porque se está en dos posiciones distintas, porque los cuerpos son colocados en lugares diferentes por el colonialismo y sus ideales. Al igual que con Jung, Freud se enfrenta al dilema de la asimilación, pero desencantado por esa falsa promesa: por más que quiera ser parte de ese mundo, se encuentra en el momento crítico de la persecución como racizado. Sabemos que, aun así, muchos judíos pudieron asimilarse totalmente en el exilio. Sin embargo, para muchos, al llegar a países como México, la sorpresa fue que ellos eran ubicados en la posición de blancos europeos. Y que, con el pacto sionista con las potencias imperiales —primero el Reino Unido y luego Estados Unidos de América—, actualmente reproducen el asedio colonial contra otros pueblos.

Retomamos lo señalado por Gaztambide en el texto de Freud evidenciando la función que no solo la religión sino el racismo juega para justificar “el dolor como megáfono de Dios”:

 

Para manejar las tensiones de clase, se necesitan compensaciones sustitutivas, como proveer comparaciones con otras culturas: “cada cultura se arroga el derecho menospreciara las otras” (Freud, 1927, p. 13). El racismo facilita un placer transversal de clase que también la clase trabajadora puede disfrutar, “en la medida en el derecho a despreciar a los extranjeros los resarce de los prejuicios, que sufren dentro de su propio círculo” (p. 13). Freud utiliza la misma metáfora que Marx al discutir el racismo: “Se es, sí, un plebeyo miserable, agobiado por las deudas y el servicio militar; pero, a cambio, se es un romano que participa en la tarea de sojuzgar (dominar) a otras naciones y dictarle sus leyes” (p. 13). El racismo, así, facilita una identificación entre los explotados y la élite gobernante, “a pesar de su hostilidad hacia los señores, (pueden) verlos como su ideal” (p. 13).

Freud (1927) recurre a la religión como el ejemplo por excelencia de las ilusiones que la sociedad ofrece para compensar las privaciones de su clase trabajadora. Centrándose en la “civilización cristiana blanca” (no suaviza sus palabras), argumenta que la religión autoritaria intenta “compensarlos por los sufrimientos y privaciones que una vida civilizada… les ha impuesto” (p. 18). A cambio del sufrimiento en la tierra, la clase trabajadora es recompensada con “subir” al Cielo. El poder de la religión opresiva proviene de esta compensación, un deseo de “vida eterna” dentro de un mundo capitalista racial que drena la vida. Junto con la religión, la raza desempeña un papel poderoso para Freud (1921, p. 101), sirviendo como un placer compensatorio para los blancos, extraído de las privaciones infligidas al otro —entre ellos judíos y personas negras.[31]

Para terminar, resaltemos lo que faltó en la última sesión de Freud: si el tema era la religión en tiempos de los nazis, habría que hacer referencia al texto que Freud acababa de escribir en 1938, Moisés y la religión monoteísta, el cual era, como le mencionó a Arnold Zweig, una respuesta a “la candente actualidad de las persecuciones antisemitas”. En dicho texto, Freud se pregunta por el origen de esa persecución contra los judíos y busca respuestas en la historia del judaísmo, lo que lo lleva inevitablemente a la figura del padre fundador: Moisés.

Yosef Yerushalmi reconoció en este paso del judaísmo al universalismo una respuesta al mandato paterno: ve en la escritura del Moisés... un intento de brindar una respuesta a la cuestión de la identidad judía, a la vez elegida y maldita, y proponer un judaísmo renovado estrechamente vinculado al psicoanálisis. Freud trataba de responder al requerimiento de estudiar la Torá que le hizo su padre en la dedicatoria de la Biblia familiar recibida al cumplir los treinta y cinco años. Como judío ateo, aunque conocedor del Tanaj, Freud fundó, sostiene Yerushalmi, un tipo particular de judaísmo no religioso que cuestionaba los textos, rompía con la tradición y creaba una nueva historia… Si seguimos la hipótesis de Yerushalmi, Freud, al hacer del psicoanálisis un judaísmo sin dios, le dio la vuelta al estigma de ser asignado/a como judío/a por el socius. Se trataba de una resistencia política a la alterización por raza, que convirtió el judaísmo rechazado en un lugar de creación.[32]

El clímax y la solución de La última sesión de Freud tal vez nos apunten al planteamiento que Freud, con respecto a la raza, encontramos en Moisés y la religión monoteísta. Después de confrontarse con el problema de haber sido el analista de su propia hija y con el apego generado en ella, el profesor es ahora enfrentado al tema de la muerte: no solo la física, sino también la muerte como fundador y padre, al aceptar la relación romántica de su Anna con Dorothy Burlingham. El paralelo con su análisis de Moisés implica un cuestionamiento del padre y fundador que va más allá de la simple culpa. Al reidentificar al fundador como la condensación de un alto dignatario egipcio y un sacerdote semita, Freud retira la imagen del padre y la filiación se convierte en una identificación con el lugar de lo perseguido, no tanto como nación o como pueblo.

Lo que me ataba al judaísmo no era ni la fe ni el orgullo nacional… Pero restaban sobradas cosas que volvían irresistible la atracción del judaismo y de los judíos, muchos poderes de oscuro sentimiento, tanto más imperiosos cuanto menos admitían ser capturados con palabras, así como la clara conciencia de la identidad íntima, de la familiaridad en una misma construcción anímica… Porque era judío me hallaba libre de muchos prejuicios que limitaban a los otros en el uso de su intelecto, y como judío estaba preparado para pasar a la oposición y renunciar a la aquiescencia de la «compacta mayoría».[33]

Lo anterior pertenece a la conferencia que Freud dictó en 1926 ante la Sociedad judía B'nai B'rith, a la cual perteneció desde 1897, brindándole su apoyo y haciendo comunidad. Sin embargo, este texto nos sirve para recordar una posible técnica psicoanalítica decolonial: una que reconoce la historia y los efectos de la colonización y el imperialismo que imponen como objetivo la pertenencia a una compacta mayoría; que cuestiona los prejuicios impuestos desde el racismo, pero que también rechaza los esencialismos identitarios. Ello porque el psicoanálisis tiene una opción preferencial por los reprimidos, y nos recuerda —en palabras del psicoanalista Adam Phillips en su participación en el documental Outsider. Freud [34](Yair Qedar, 2025): "Lo que el psicoanálisis intenta revelar es que todos somos extranjeros".



[1] Utilizamos el término Racizado desde la propuesta de Thamy Ayouch: “Utilizaré aquí la diferencia que existe en francés entre racizado/a (racisé/e) y racializado/a (racialisé/e) … La racización es sólo un aspecto de los procesos de racialización: se refiere a la producción de una asignación de dominación. La racización es una racialización negativa e inferior. Mientras que la racialización afecta a todo el mundo, la racización sólo concierne a las personas no blancas. Las personas consideradas blancas son racializadas, pero no racizadas. Cabe preguntarse, pues, qué significa crecer como racizado/a en un país autoproclamado blanco, y qué efectos tiene la racialidad en los procesos de identificación de los sujetos.”

Ayouch, Thamy. (2025) La raza en el diván: Lo psíquico es político. Editorial Topía. Edición de Kindle. (pp. 21-22).

[2] Gaztambide, D. J. (2019). A people’s history of psychoanalysis: From Freud to liberation psychology. Lexington Books.

[3]Quizá resulte que la cinematografía, que en muchos sentidos nos recuerda el trabajo de los sueños, pueda también expresar algunos hechos y relaciones psicológicos –que a menudo el escritor es incapaz de describir con claridad verbal -, con imágenes tan claras y patentes, que faciliten nuestra comprensión de ellos. La película llama tanto nuestra atención, cuanto que hemos aprendido, en estudios similares, que muchas veces un tratamiento moderno consigue re-aproximarse, de manera intuitiva, al significado real de un antiguo tema que se ha vuelto ininteligible, o que se ha entendido mal en su paso por la tradición”.

Rank, O. (1976). El doble: Un estudio psicoanalítico (F. Mazzia, Trad.). Ediciones Orión. (Obra original publicada en 1914).

[4] Yosef Hayim Yerushalmi, Le Moïse de Freud…, op. cit., p 186. 17 Sigmund Freud, A. Zweig, Correspondance 1927–1939, París. Citado en  Ayouch, Thamy. La raza en el diván. Op Cit.

[5] Daniel Gaztambide M.A., Psy.D. (2015) A Preferential Option for the Repressed: Psychoanalysis Through the Eyes of Liberation Theology, Psychoanalytic Dialogues, 25:6, 700-713, DOI: 10.1080/10481885.2015.1097281

[6] Freud, S. (1925). Las resistencias contra el psicoanálisis. En Obras completas de Sigmund Freud (Vol. XIX, p.235). Buenos Aires: Amorrortu Editores.

[7] Gaztambide, Daniel José. (2024) Decolonizing Psychoanalytic Technique: Putting Freud on Fanon's Couch (English Edition) (p. 31). Springer International Publishing.

[8] Zupančič, Alenka (2021). ¿Qué es el sexo? México: Paradiso Editores. (Págs. 52-57)

[9] Ayouch, Thamy. (2025) La raza en el diván: Lo psíquico es político. Editorial Topía. (pp. 22-23).

[10] Freud. (1985) Cartas a Wilhelm Fliess (1887-1904) Amorrortu editores. Pág. 214-215.

[11] Anzieu, D. (1978). El autoanálisis de Freud y el descubrimiento del psicoanálisis. Siglo XXI Editores. págs. 201-202

[12] El autorreproche es el rasgo distintivo de la melancolía a diferencia del duelo como elaborará en Duelo y melancolía (1917 [1915]), lo que lo llevará al concepto Superyó.

[13] “El duelo provoca en Freud un intenso trabajo psíquico. El sueño sobre Irma a le había hecho tomar nota de sus sentimientos de culpa sin explicárselos. El sueño "Se ruega cerrar los ojos" lo tornó consciente de que tales sentimientos se refieren a su padre. Esta toma de conciencia produjo un efecto liberador. Durante más o menos seis meses, no se quejó más de cansancio, de humor depresivo, de bloqueo intelectual. Se hallaba sin embargo ocupadísimo: atendía a muchos clientes; escribía, y emprendió una gran obra sobre las neurosis.” Anzieu. Op. Cit. Pág. 205

[14] Gomberoff Jodorkovsky, L. (1986). Freud y el judaísmo. Revista de Psiquiatría3(3), 33-47.

[15] Gaztambide, D. J. (2019). A people’s history of psychoanalysis: From Freud to liberation psychology. Bloomsbury Academic. Pág. 18.

[16] Freud, S. (1991). La interpretación de los sueños (I). (J. L. Etcheverry, Trad.). Amorrortu Editores. (Obra original publicada en 1900). Pág. 211-212.

[17] Marthe Robert, D’Œdipe à Moïse. Freud et la conscience juive, París, Calmann–Lévy, 1974; citado en Ayouch. Op. Cit. (p. 85)

[18] Ayouch. Op. Cit. (p. 262-263).

[19] Letters of Freud and Abraham, p. 341. Citado en Roazen, P. (1978). Freud y sus discípulos. Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1971). Págs. 256.

[20] Ayouch, T. Op Cit. (p. 154).

[21] “… podría haber también un masoquismo primario, cosa que en aquel lugar quise poner en entredicho. (N. Sabina Spielrein, en un trabajo sustancioso y rico en ideas (1912), aunque por desdicha no del todo comprensible para mí, ha anticipado un buen fragmento de esta especulación.)”

Freud, S. (1976). Más allá del principio de placer. En Obras completas de Sigmund Freud (Vol. 18, p. 53). Amorrortu Editores. (Trabajo original publicado en 1920)

[22] “… siempre me ha parecido que algo en mi persona, en mis palabras e ideas rechaza a los demás, como si de algo extraño a ellos se tratase, mientras que para usted permanecen abiertos los corazones. Si usted, en tanto que sano, se incluye en el tipo histérico, he de asumir para mí el tipo «obsesivo», cada uno de cuyos participantes vive como en un mundo cerrado en sí mismo.” Carta de Freud a Jung del 2 de septiembre de 1907. Correspondencia Sigmund Freud y Carl Gustav Jung. (2012) Editorial Trotta. Pág. 115.

[23] Ayouch, Thamy. (2025) La raza en el diván: Lo psíquico es político (pp. 117-118). Editorial Topía.

[24] La versión de cine dice: Jung (voz en off): Si me permite decirlo, querido Profesor, comete el error de tratar a sus amigos como pacientes. Esto le permite reducirlos al nivel de niños, de modo que su única opción es convertirse en obsequiosos don nadies o en matones que imponen la línea del partido… mientras usted se sienta en la cima de la montaña, la figura paterna infalible; y nadie se atreve a tirarle de la barba y decirle: piense en su comportamiento y luego decida cuál de nosotros es el neurótico. Hablo como amigo.” La anterior resulta una condensación de la carta de Jung a Freud del 18 de diciembre de 1912, donde además Jung reclama: “Mire usted, mi querido señor profesor, mientras actúe usted de este modo me importan un bledo mis actos sintomáticos, pues no suponen nada junto a la considerable viga que tiene mi hermano Freud en el ojo. No soy en absoluto neurótico, gracias a Dios. Me he hecho analizar precisamente lege artis y tout humblement, lo cual me ha sentado muy bien. Ya sabe usted hasta qué punto puede llegar un paciente con autoanálisis, es decir: no sale de su neurosis, como usted.” Op. Cit. Pág. 545.

[25] Correspondencia Sigmund Freud y Carl Gustav Jung. (2012) Editorial Trotta. Pág. 549. La versión de cine dice: Freud (voz en off): Su carta no puede ser respondida. Su afirmación de que trato a mis amigos como pacientes es evidentemente falsa. En cuanto a cuál de nosotros es el neurótico, pensé que los analistas estábamos de acuerdo en que un poco de neurosis no es en absoluto motivo de vergüenza… Pero un hombre como tú, que se comporta de manera bastante anormal y luego se planta gritando a voz en cuello lo normal que es, sí da motivos considerables de preocupación. Desde hace tiempo nuestra relación pende de un hilo; y un hilo, además, compuesto en su mayor parte de decepciones pasadas. No tenemos nada que perder si lo cortamos.”.

 

[26] “Esta historia presenta una contradicción con la que este libro lidiará: cómo el psicoanálisis ofrece herramientas importantes para pensar la psique y la sociedad y, al mismo tiempo, fue utilizado para sostener la injusticia. Por ejemplo, Freud criticó las normas patriarcales y reprodujo guiones sexistas (Mitchell, 2000). Ofreció un relato fascinante sobre la raza y la clase y reprodujo creencias racistas y coloniales (Brickman, 2017). Su deseo de estatus lo llevó con frecuencia a revertir sus ideas más revolucionarias cuando chocaban con las ideologías de su época (Aron & Starr, 2013), manteniendo su política de izquierda separada de su pensamiento clínico a instancias de sus discípulos angloamericanos más conservadores… Aunque Freud bifurcó lo clínico y lo político para “proteger” al psicoanálisis de ser ridiculizado como socialista y judío, este libro deshace esa represión para reconectar la historia política del psicoanálisis con su técnica clínica.” Gaztambide, Daniel José. (2024) Decolonizing Psychoanalytic Technique: Putting Freud on Fanon's Couch. Springer International Publishing. (p. 31)

[27] “Mucho después la piadosa Norteamérica demanda ser «God's own country» {«la patria de Dios»}, y ello es en efecto así, respecto de una de las formas bajo las cuales los hombres veneran a la divinidad. Las representaciones religiosas resumidas en el párrafo anterior han recorrido, desde luego, un largo trayecto de desarrollo; diversas culturas las sostuvieron en fases diferentes. He seleccionado una sola de esas fases de desarrollo, que responde aproximadamente a la configuración última de nuestra actual cultura cristiana y blanca.” Freud, S. (1976). El porvenir de una ilusión. En Obras completas: Sigmund Freud (Vol. 21, pp. 1-55). Amorrortu Editores. (Obra original publicada en 1927). Págs. 19-20

[28] Freud (1927) Op. Cit. Págs. 30-31.

[29] Freud (1927) Op. Cit. Pág. 34.

[30] “La satisfacción narcisista proveniente del ideal de cultura es, además, uno de los poderes que contrarrestan con éxito la hostilidad a la cultura dentro de cada uno de sus círculos. No sólo las clases privilegiadas, que gozan de sus beneficios; también los oprimidos pueden participar de ella, en la medida en que el derecho a despreciar a los extranjeros los resarce de los perjuicios, que sufren dentro de su propio círculo. Se es, sí, un plebeyo miserable, agobiado por las deudas y las prestaciones militares; pero, a cambio, se es un romano que participa en la tarea de sojuzgar a otras naciones y dictarles sus leyes. Esta identificación de los oprimidos con la clase que los sojuzga y explota no es, empero, sino una pieza dentro de un engranaje más vasto. En efecto, por otra parte, pueden estar ligados a ella afectivamente y, a pesar de su hostilidad hacia los señores, verlos como su ideal. Si no existieran tales vínculos, satisfactorios en el fondo, sería incomprensible que un número harto elevado de culturas pervivieran tanto tiempo a pesar de la justificada hostilidad de vastas masas.” Freud (1927) Pág. 13

[31] Gaztambide (2024) Citando Freud (1927)

[32] Ayouch. Op. Cit. Pág. 85.

[33] Freud, S. (1976). Alocución ante los miembros de la Sociedad B'nai B'rith (1941 [1926]). En Obras completas de Sigmund Freud. Amorrortu editores. Vol. XX. pp. 263-264

[34] Ousider: Freud (2025) Sinopsis: A través de la animación y el comentario experto, sigue el camino de Freud como intelectual judío en la Viena de la era Nazi, presenciando cómo la persecución y el exilio influyeron en sus teorías innovadoras sobre la mente humana.

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