viernes, agosto 29, 2025

 


La hora de la desaparición (Weapons)

¿Cómo la adicción y el duelo nos convierte en Armas?

 

Desde su anuncio, “La hora de la desaparición” (Weapons, 2025) del escritor y director Zach Cregger capturó mi interés. Su película anterior, “Bárbaro” (Barbarian, 2022), lo estableció como un cineasta lúdico y efectivo dentro del terror contemporáneo, gracias a un tono fresco y una premisa simple —una mujer que llega a un Airbnb y descubre ya está un inquilino que actúa de forma extraña. Sin embargo, al ver La hora de la desaparición, descubrí que su nuevo trabajo, además ser de nuevo un gran cuento de suspenso y terror contemporáneo, ahora se adentra en un territorio emocional más crudo y honesto.

La película establece su premisa de terror de manera contundente: la desaparición masiva de diecisiete estudiantes de primaria en un pequeño pueblo. La historia se centra en la maestra del grupo, quien no solo debe enfrentar el duelo por la pérdida de sus alumnos —a quienes genuinamente apreciaba—, sino también el regreso a clases en una comunidad destrozada, donde todas las miradas inquisidoras se vuelven hacia el único punto en común de la tragedia: ella.

Lo que distingue inmediatamente a La hora de la desaparición es la autenticidad con la que está construida sus personajes, empezando con la maestra. Lejos de ser el cliché de la maestra “Jimena” bondadosa cuyo dolor solo sirve para resaltar su compasión, nos encontramos con un personaje profundamente humano y fracturado. El film no retrocede ante la complejidad de su trauma. Vemos su desconcierto, su ira ante la injusticia de ser señalada por la misma comunidad y sistema que debería apoyarla, y sus estrategias imperfectas para sobrevivir al dolor. La película explora, de manera visceral, cómo el duelo no es un proceso lineal hacia la sanación, sino un laberinto de emociones contradictorias.

Específicamente, la narrativa ahonda en sus intentos por evadirse a toda costa. Esto se manifiesta en su recaída en el abuso del alcohol y en su intento de reconectar con un exnovio que también lucha contra la adicción. Esta reacción no glorificada —desesperada y autodestructiva— es el primer indicio de que estamos ante una historia que utiliza el suspenso y el terror no solo para asustar, sino para conectar con una verdad emocional. La protagonista se siente real porque su dolor es imperfecto; su proceso de duelo está teñido de culpa, ira y una lucha interna que refleja los efectos devastadores del trauma en la subjetividad.

Si bien muchos han intentado localizar en la película una alegoría directa a los tiroteos escolares en Estados Unidos —dada la premisa de una tragedia que desaparece a casi la totalidad de un grupo de estudiantes, dejando a un único superviviente aislado y solitario, y la posible pista que ofrece el título original, Weapons (Armas)—, la historia funciona con maestría sin necesidad de revelar un mensaje social explícito. Este enfoque la libra de las acusaciones que a veces recae sobre el llamado "elevated horror" o "terror elevado", al que se critica por priorizar la metáfora de una denuncia social sobre el susto. Sin embargo, como acertadamente señaló Guillermo del Toro, el terror siempre ha sido "elevado", pues las grandes películas del género han funcionado como experimentos mentales que diseccionan las ansiedades sociales de su época, desde la lujuria reprimida en Drácula hasta el racismo en La noche de los muertos vivientes.

La hora de la desaparición se inscribe en esta tradición, pero con un matiz profundamente personal. El propio Zach Cregger ha revelado en diversas entrevistas los significativos aspectos autobiográficos que impregnan la cinta, demostrando que su tema central se esconde a plena vista, aunque de una forma tan sutil que puede perfectamente pasar desapercibida, permitiendo al espectador disfrutarla como un relato de terror puro. Es precisamente esta capa de experiencia personal auténtica lo que enriquece su textura.

Por lo anterior, y dado que el objetivo de este escrito va más allá de recomendar un gran exponente del terror contemporáneo para adentrarse en lo que la película aporta a la clínica del psicoanálisis en temas como el trauma, el desamparo y el duelo, se recomienda amablemente al lector que, de no haberla visto, experimente la película antes de proseguir con el presente análisis.

Para el presente escrito sobre La hora de la desaparición (2023), resulta fundamental considerar la experiencia personal de su director, Zach Cregger. En una entrevista concedida a la revista RollingStone con motivo del estreno de la película —cuyo título ya es revelador: ¿Cómo Zach Cregger transformó una tragedia personal en la aterradora “La hora de la desaparición”?[1] —, el cineasta contrasta la gestación de este proyecto con su anterior trabajo, Bárbaro (Barbarian, 2022). Mientras que esta última fue un proceso “divertido y lúdico, como un niño dibujando con crayones”, La hora de la desaparición fue, en sus propias palabras, “como vomitar” (Fear, 2023).

Este giro abrupto en su enfoque creativo se debe a un evento traumático: la muerte de su mejor amigo, Trevor Moore, en un trágico accidente ocurrido mientras Cregger terminaba Bárbaro. Frente a este vacío, el director entró en lo que describe como una “ráfaga de escritura”, iniciando el guion con la frase: “Esta es una historia real. La mitad de mi ciudad natal, todos estos chicos se largaron” (ibid.). Así, Cregger plantea una premisa cargada de resonancias autobiográficas sin saber aún cómo se resolverá narrativamente, fiel a su método de escritura intuitivo y arriesgado, que confía en que las soluciones a la premisa y preguntas iniciales emergerán durante el proceso.

Antes de adentrarnos en el análisis del trauma y el duelo, resulta pertinente destacar la figura escatológica del vómito que Zach Cregger emplea para describir su proceso creativo en esta película. Esta imagen nos remite a una reflexión similar expresada por el reconocido cineasta mexicano y amante del horror, Guillermo del Toro, en una entrevista para el canal Home Cinéma (2018). Del Toro equipara el acto de crear cine —especialmente de género— con un proceso visceral de expulsión:

“Solo puedes vomitar lo que comiste. De niño, ingeriste todo ese terror y luego lo vomitas. Pero no sale como tú quieres; simplemente sale, y luego organizas las piezas, los fragmentos. Es algo visceral” (Del Toro, 2018)[2].

A partir de esta potente metáfora, el director distingue dos dimensiones fundamentales en la narrativa fílmica; una compulsiva, entendida como la urgencia expresiva: “¡Tengo que hacer esta película!”, sin una noción preconcebida y una organizacional, que surge posteriormente, cuando el creador toma conciencia del porqué de su obra y estructura la información audiovisual para sostener temáticamente ese impulso inicial. Del Toro también admite otro nivel: “Incluso hay un aspecto más profundo en el que no sabes de qué estás hablando, y eso viene de esa compulsión feroz” (ibid.)

Desde una perspectiva psicoanalítica, esta conceptualización subraya la relevancia de la creación artística —y en particular la cinematográfica— como un proceso que emerge desde un espacio de honestidad inconsciente, donde los contenidos reprimidos buscan manifestarse para luego ser articulados mediante los recursos formales de la narrativa audiovisual. Al igual que en el sueño, el cine puede operar como una vía de expresión simbólica donde el trauma —ya sea individual o colectivo— encuentra resonancia a través de imágenes y relatos que surgen desde lo más singular de nuestra historia.

La metáfora del vómito, además, introduce una dimensión oral que evidencia dinámicas de incorporación y expulsión propias de procesos psíquicos como la adicción o la angustia. Se traga compulsivamente aquello que no puede ser digerido —experiencias, miedos, violencias— hasta que el sujeto exige su expulsión. Este tránsito de la sofocación a la expresión, de lo retenido a lo liberado, se convierte en un mecanismo de supervivencia y elaboración simbólica. Temas como estos los encontramos en las filmografías tanto de Del Toro como Cregger, donde lo monstruoso y lo traumático se relacionan con lo compulsivo adictivo (Del Toro y su Cronos o El callejón de las almas perdidas) no solo como elementos narrativos, sino manifestaciones de una verdad interior que busca ser contada, a través del horror, dotando al género de su carácter fantásticamente honesto.

Zach Cregger, consciente de que su película emerge de un duelo traumático, ironiza sobre su propio proceso al declarar:

“Mira, como el resto del mundo, no quiero ver otra película de terror sobre el duelo. Esa idea del terror como metáfora del duelo está tan jodidamente gastada. Ni siquiera debería estar hablando de esto, pero no puedo evitarlo. No me importa si alguien capta algo de eso cuando la vea. Quiero que se diviertan. Si la historia atrapa, nada de eso importa” (Fear, 2025).

Agradecemos la sinceridad del director, pero consideramos que no es necesario conocer los detalles de su tragedia personal para conectar con la honestidad narrativa de La hora de la desaparición. La sola premisa —un pueblo devastado por la pérdida repentina de 17 niños— evoca una herida colectiva y un dolor profundo que resuena con realidades sociales concretas. En Estados Unidos, por ejemplo, remite a la pregunta abierta sobre cómo metabolizar socialmente y atender tragedias como los tiroteos escolares o las muertes por abuso de opioides; en México, refleja la herida abierta por los miles de desaparecidos y víctimas de la violencia del narco, tanto civiles como jóvenes reclutados por el crimen organizado. Ambos contextos comparten un duelo no resuelto por la muerte temprana, o peor aún, desaparición de juventudes, y es en ese espacio de dolor compartido donde el horror de Cregger encuentra su potencia simbólica más urgente.

Coincidimos con la ironía de Cregger respecto al uso del terror como alegoría del duelo, pero insistimos en que, cuando estas películas están bien realizadas —como es su caso—, lo crucial no es el tema en sí, sino qué aspecto específico del duelo abordan y qué otros elementos traumáticos o de supervivencia emergen en el proceso.
Pensemos en ejemplos notables:

  • “Babadook” (“The Babadook” de Jennifer Kent en 2014) explora cómo el duelo no elaborado de una madre puede transformarse en agresión latente hacia su propio hijo, manifestándose a través de una figura monstruosa que encarna lo reprimido.
  • “Su casa” (“His House” de Remi Weekes en 2020) aborda el duelo por la patria perdida y la culpa de sobrevivir, donde la imposibilidad de integrarse en un nuevo país se convierte en una pesadilla que refleja deudas morales y heridas coloniales no resueltas.
  • “El legado del diablo” (“Hereditary” de Ari Aster en 2018) que explora la angustiante pregunta ¿Cómo realizar el duelo por una madre cuya herencia fue el maltrato y la violencia? O “Midsommar. El terror no espera la noche” (2019) donde el terror de un duelo queda latente ante la violencia pasiva de la pareja que suspende tramposamente la oscuridad de la confrontación de la separación amorosa.
  • “Háblame” (“Talk to Me” de Danny Philippou y Michael Philippou en 2022) donde el prolongar el duelo, el no poder soltar la pérdida, termina por poner en peligro a quienes nos rodean.

 Estas películas, aunque comparten el duelo como eje, se sienten honestas porque profundizan en dimensiones concretas y adversas del trabajo de duelo: la culpa, la negación, la agresión internalizada, etc. No se limitan a usar el duelo como un recurso temático superficial, sino que exponen cómo se obstaculiza, distorsiona o exacerba el dolor de la pérdida que es profundamente verdadero.

Cregger continúa hablando de su intensión de hacer algo honesto y dejar fluir su escritura: “descubrí que mientras más escribía, y más me identificaba con las personas sobre las que escribía, más se convertía esto en una especie de diario honesto de mi mierda interna… hablando con Ari Aster sobre esto, y le dije: ‘No estoy seguro sobre lo personal.’ Y él me dijo: ‘Lo personal es lo que hace que esto funcione. ¡No te avergüences!’ Escucharlo decir eso… es parte del ADN de La Hora de la desaparición. El pueblo está lidiando con una pérdida. Y yo también… Pensé: ‘Bien, la mejor versión de esta película es si puedo hacerla en estos capítulos donde me mantengo fiel a la perspectiva forzada’, ya sabes — mantenerme hiper-subjetivo.”


¿A qué personajes se refiere Cregger cuando habla de identificación y respeto a la perspectiva hipersubjetiva? La hora de la desaparición está construida a través de múltiples voces narrativas, cada una aportando una visión singular del evento traumático central: la desaparición de 17 niños. Los personajes clave son:

  1. Justine, la maestra de los niños,
  2. Archer, padre de uno de los desaparecidos,
  3. Paul, el policía y ex pareja de Justine,
  4. Marcus, director de la escuela,
  5. James, un joven drogadicto que deambula por el pueblo, y
  6. Alex, el único niño del salón que no desapareció, cuya perspectiva resuelve el misterio final.

Siguiendo la propuesta de Slavoj Žižek en The Pervert’s Guide to Cinema (Fiennes, 2006), “la primera clave para entender el cine de terror es imaginar la misma historia sin el elemento de horror para descubrir su trasfondo”—, podemos analizar las reacciones de estos personajes ante la tragedia, más allá del componente sobrenatural. 

  • Justine, aunque afectada por el duelo, también revela dificultades preexistentes en sus relaciones interpersonales y laborales. En un momento clave, tras ser culpabilizada por la comunidad, acude a un bar y busca reconectar con su expareja en un acto de autodestrucción que mezcla alcohol y exposición a la violencia.
  • Archer transforma su dolor en ira y obsesión: acusa públicamente a Justine, vandaliza su auto con la palabra “bruja” y busca frenéticamente un culpable, aunque subyace en él una culpa por su propia historia, que suponemos fuera de violencia, hacia su hijo Matthew, quien era el acosador de Alex.
  • Paul y Marcus funcionan como figuras complementarias: representan la pasividad institucional y personal frente al trauma, actuando como contrapesos —a veces negligentes— ante las reacciones más explosivas de Justine y Archer.
  • James, aparentemente un alivio cómico, encarna la huida y atrapamiento por la adicción y el vagabundeo, reflejando otra forma de evasión ante el dolor y la culpa.
  • Alex, cuyo relato cierra la historia, el propio Cregger ha señalado que es el personaje más autobiográfico y doloroso.

¿Qué une a estas perspectivas tan diversas? Sin el horror sobrenatural, emerge un retrato coherente de cómo el trauma no procesado se manifiesta a través de conductas de violencia, agresión, autosabotaje y adicción.

El horror de la adicción constituye uno de los ejes más personales de La hora de la desaparición. El propio Josh Brolin, intérprete de Archer, reveló en una entrevista que tanto él como Zach Cregger compartieron experiencias dolorosas con las adicciones. Desde padres alcohólicos -la madre de Brolin y el padre de Cregger- hasta sus propias luchas personales ambos con varios años viviendo en sobriedad. Cregger, abierto sobre este tema, conecta directamente la perspectiva de Alex con su historia personal:

“Viví ese capítulo cuando era niño… De nuevo, no sé si la gente necesita saber esto antes de verla, pero… es muy parecido a lo que es tener un padre adicto, y el niño tiene que convertirse en el cuidador mientras esta cosa extraña entra, y… Lo dejaré ahí” (Fear, 2025).

Desde una perspectiva psicoanalítica, esta honestidad creativa nos remite a la clínica del duelo, donde la pérdida actual reactiva heridas infantiles vinculadas a figuras primarias. La película aporta una experiencia de maltrato que puede reaparecer, el dolor arcaico de quienes crecieron en entornos marcados por la adicción parental: esa "extraña" presencia parasitaria que corroe los vínculos y "desaparece" al padre o la madre, sustituyéndolos por un ente poseído por algo extraño.

La narrativa refleja fielmente las experiencias que pacientes con infancias traumatizadas por adicciones parentales suelen relatar: una violencia silenciosa manifestada a través del dolor del abandono, la violencia de la negligencia y una culpa paradójica. El niño, forzado a convertirse en cuidador de quien debería protegerlo, carga con una responsabilidad abrumadora y una distorsión culpígena —"si yo hubiera hecho más, no habría recaído"—, mientras navega la ambivalencia entre el amor leal y el resentimiento hacia esas figuras parentales fallidas.


La historia de Alex refleja este infierno: sus padres, antes amorosos, se transforman en “zombies” autodestructivos que él debe cuidar mientras oculta la realidad, arriesgándose incluso a ser atacado por ellos. Esta lectura también ilumina la escena inicial de la película, la “hora de la desaparición”, donde los niños corren con los brazos extendidos en un montaje que combina lo siniestro y lo liberador. La elección de la canción de fondo "Beware of Darkness" de George Harrison —cuya letra advierte: “Ten cuidado ahora, presta atención, / Cuidado con los golpes que caen, / Que se desprenden a tu alrededor. / El dolor que a menudo se entrelaza. /En las yemas de tus dedos. / Cuídate de la oscuridad”
sugiere que la huida no es solo hacia el horror, sino también salir del mismo: un anhelo de escapar de la oscuridad de las adicciones, la violencia doméstica o la tristeza del abandono.

Para concluir, abordemos una pregunta fundamental: ¿Por qué la película se titula Weapons (Armas)? Tras conocer la historia de Alex, descubrimos que una mujer llamada Gladys —supuesta tía enferma— llega a su casa y gradualmente revela su verdadera naturaleza: una entidad parasitaria que utiliza la brujería para controlar a los padres de Alex y manipular al niño, obligándolo a robar artículos personales de sus compañeros de clase con el fin de drenar su energía vital. El símbolo del parásito, presente desde la clase de ciencias previa a la desaparición y en el documental que Marcus y su esposo ven antes de ser atacados, se convierte en una metáfora central que se entrelaza con el tema de la adicción. La repetición de los símbolos del parásito, la brujería y la adicción dibujan el Tema de la película: La adicción actúa como un parásito que consume la identidad, transforma a seres queridos en versiones alteradas de sí mismos y convierte a las personas en Armas dirigidas hacia otros o hacia sí mismas. En este sentido la historia se entrelaza con el cuento de hadas clásico de Hansel y Grettel donde la bruja del bosque debe ser destruida ante el temor de ser devorados tras haber sido abandonados por los padres para morir de hambre.


En la película, los infectados por la brujería —desde los padres de Alex hasta los niños desaparecidos— se transforman literalmente en instrumentos de destrucción controlados por Gladys, encarnando la pérdida de autonomía y la reducción del ser humano a un vehículo de violencia ajena. Este simbolismo se extiende más allá de los cuerpos poseídos y se materializa en los objetos cotidianos utilizados como armas en la historia. A excepción de las armas de fuego del policía en el clímax final, la mayoría de los actos violentos se cometen con elementos domésticos:

  • Marcus asesina a su esposo a cabezazos, convirtiendo su propio cuerpo en un arma.
  • La esposa de Paul ataca a Justine con una botella, objeto que evoca directamente la adicción que ambos personajes comparten.
  • Otros instrumentos cotidianos —tenedores, pelapapas, jeringas— son utilizados para agredir, generando un impacto visceral.

Esta elección narrativa y visual no solo intensifica el horror al arraigarlo en lo cotidiano, sino que también refuerza el tema central de la película: la tragedia de la adicción reside en que lo más familiar y doméstico puede volverse un arma. El hogar, espacio que debería ser refugio, se convierte en un escenario de peligro; los objetos caseros se transforman en instrumentos de dolor, y los cuerpos de quienes amamos son instrumentos para hacernos daño.

El clímax de la película ocurre cuando Alex, habiendo comprendido el ritual, invierte la lógica del poder: utiliza a sus compañeros previamente victimizados como "armas" dirigidas contra Gladys, destruyéndola en un desenlace catártico que provoca risa y liberación en la audiencia. Esta resolución no solo satisface el deseo de justicia, sino que simboliza la reapropiación del dolor: lo que fue usado para dañar ahora se convierte en herramienta de emancipación. Lo anterior nos permite apreciar otra de las virtudes de la película: la aparición del humor en medio de la narrativa de terror. Aunque se trata de un relato de terror bien ejecutado, no carece de momentos cómicos, como la secuencia del personaje del drogadicto errante, gracias a la trayectoria de Cregger como creador de comedia. Esta coexistencia entre lo terrorífico y lo risible nos remite al planteamiento del filósofo Robert Pfaller, quien en su ensayo Lo desconocido familiar, lo siniestro, lo cómico propone la siguiente definición de la diferencia estructural entre la comedia y lo ominoso: “lo cómico es aquello que es ominoso para otro” (Pfaller, 2010, p. 266)[3].

De cierta manera, el acto de convertir una experiencia en narrativa y forzar la perspectiva subjetiva no solo acerca al espectador a la vivencia del personaje, sino que también brinda la distancia necesaria para que emerja la comedia. Lo que resultaría ominoso y angustiante si se viviera atrapado dentro de la historia —como la desesperación o el extraño de una situación— puede transformarse en algo cómico cuando se inserta en una estructura narrativa más amplia que permite el contraste y la ironía, tal vez ahí reside el uso constante de romper la cuarta pared en la comedia. Este movimiento narrativo encuentra un paralelo notable en el final de "Huye" (Get Out, 2017), de Jordan Peele.

En la escena culminante, el protagonista Chris está a punto de matar a su novia, quien lo engañó para que su familia —en una alegoría del horror esclavista y la apropiación corporal— utilizara su cuerpo afroamericano como vehículo de goce para un hombre blanco adinerado. De repente, la escena se ilumina con los colores azul y rojo de una torreta. Chris, asumiendo que es la policía, levanta las manos en un gesto de rendición ante lo que anticipa como el desenlace trágico del racismo institucional: el castigo al hombre negro acusado de agredir a una mujer blanca. Sin embargo, la tensión se rompe al revelarse que se trata del coche de seguridad aeroportuaria de su amigo Rod, quien lo rescata y le dice, con un humor aliviador: "Te lo dije". En este giro, Peele logra transitar de lo ominoso a lo cómico mediante un cambio de perspectiva: la misma situación que para Chris es una pesadilla racista, para el espectador —y para Rod— se convierte en un momento de liberación irónica. La narración, al pasar de estar ante la mirada del hombre blanco a incluir la mirada del otro, transforma el terror en catarsis risible, recordándonos que, como señala Pfaller, lo cómico es aquello que es ominoso para otro, aunque ese otro sea uno mismo que cambió de posición subjetiva (Ahora estamos preocupados, pero dentro de cierto tiempo, al recordarlo, nos vamos a reír).

Al final de la entrevista, Cregger parafrasea una cita de David Bowie:

“Creativamente, siempre deberías estar adentrándote en aguas más y más profundas, y nunca saber realmente si vas a poder nadar o no. Definitivamente hice eso con “La hora de la desaparición” (Weapons). Puede que lo esté haciendo con la nueva. Pero mi trabajo es ser honesto. Y simplemente seguiré nadando”.

Con esta honestidad y su sólido oficio como cineasta de género, Cregger nos entrega un gran cuento de terror contemporáneo, profundamente efectivo y entretenido, pero también ofrece una serie de reflexiones valiosas para la clínica psicoanalítica. Así como el director se adentra en aguas creativas cada vez más profundas —aceptando la incertidumbre y la vulnerabilidad como método—, el proceso analítico acompaña al sujeto en su propio viaje, buscando su manera de “seguir nadando”, sin las ataduras del pasado ni la certeza del futuro. Y al igual que en el final de la película, después de la tragedia, poco a poco ir recuperando la capacidad de hablar. transformando el dolor en relato y el trauma en posibilidad de sentido.



[1] Fear, D. (2025, 10 de agosto). How Zach Cregger turned a personal tragedy into the terrifying ‘Weapons’Rolling Stonehttps://www.rollingstone.com/tv-movies/tv-movie-features/weapons-zach-cregger-interview-1235398084/

[2] Del Toro, G. (2018, abril 29). Home Cinéma : Guillermo Del Toro – Version intégrale* [Video]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=UP5VWNMUZ1U&t=3615s

[3] Pfaller, R. (2010). Lo desconocido familiar, lo siniestro, lo cómico: los efectos estéticos del experimento mental en Lacan: los interlocutores mudos. S. Žižek (Coord.) Ediciones Akal. pág. 266